Formación: la Clave Para Vivir en Fidelidad Creativa
po Barry Fischer, C.PP.S.
Desafíos a la Formación C.PP.S. de Cara al Futuro
por Dionisio Alberca, C.PP.S.
Colaboracíon y el Ministerio de la Incorporación
por Dennis Chriszt, C.PP.S.
Desde la "Regula" Hasta Hoy
por Mario Brotini, C.PP.S.
Volver a Estudiar
por James Urbanic, C.PP.S.

Soñar Juntos Para Construir Juntos
por Emanuele Lupi, C.PP.S.

Formación: La Clave Para Vivir en Fidelidad Creativa
Barry Fischer C.PP.S.

En el ministerio, muchas veces había personas que me hablaban de las dificultades que encontraban para vivir la vida cristiana como adultos. Compartían conmigo las luchas que les había significado el llevar a la práctica en sus hogares, en el barrio, en los lugares de trabajo, y en la sociedad, los valores cristianos que profesaban. No tardaba mucho en darme cuenta de que su formación cristiana se reducía a la que habían recibido con la catequesis preparatoria para la Primera Comunión. Habían crecido biológica y socialmente, pero su fe había quedado estancada. Por consiguiente, estaban tratando de resolver problemas y dificultades de adultos con la fe de un niño de 10 años.

La presente edición de El Cáliz trata el tema de la formación. No sólo la de los que se encuentran en las distintas fases de la formación inicial, sino la de todos y cada uno de los Misioneros de la Preciosa Sangre. El Santo Padre, en su Exhortación Apostólica postsinodal "Vita Consecrata" declara que, "precisamente por su propósito de transformar toda la persona, la exigencia de la formación no acaba nunca. En efecto, es necesario que a las personas consagradas se les proporcione hasta el fin la oportunidad de crecer en la adhesión al carisma y a la misión del proprio Instituto." (#65).

S. Gaspar, en un sermón que predicó para la fiesta de San Vicente de Paul decía que "hay dos cosas básicas que el Todopoderoso exige de sus ministros sagrados: la luz de la santidad y la sal de la doctrina. Las bases de los deleites especiales reservados a los que se dedican al Santuario deben ser, sobre todo, el buen ejemplo de vida y la preparación para el ministerio." (Escritos espirituales, vol. VII, # 34, p. 127). Unos años después, el tercer Moderador General de la Sociedad, Ven. Giovanni Merlini, escribió en su carta circular de 1858: "La Congregación necesita misioneros bien preparados, santos y apostólicos. Tratad de ser así, queridos hermanos, a fin de que estéis preparados para los ministerios sagrados."

La formación es una tarea que no acaba nunca. Como misioneros, estamos llamados a mantenernos en un proceso de formación permanente en todos los aspectos (humano, cristiano, comunitario, apostólico) de nuestra vida. Sólo así podemos albergar la esperanza de conservar vivos el ardor y el celo apostólico de S. Gaspar y responder con fidelidad creativa a las necesidades de los tiempos actuales, caracterizados por cambios rápidos y constantes.

Nuestro Fundador concibió las Casas de Misión como lugares de oración, de estudio y de formación de comunidades. La vida en una Casa de Misión era algo dinámico. No eran simples hoteles a los que los misioneros volvían para dormir, comer y descansar; sino comunidades que estimulaban el crecimiento integral de los misioneros y los preparaban para hacer frente a los desafíos del ministerio.

Todos los esfuerzos que se realicen para vivir en fidelidad creativa nuestro carisma fundacional requieren como base la formación, que es la que nos dará lo necesario para ser una comunidad dinámica y significativa en la Iglesia de hoy. Hace mucho que venimos reflexionando sobre espiritualidad, comunidad y misión. Muchas veces, sin embargo, he escuchado decir a los misioneros: "¡Todo eso es muy hermoso; pero yo nunca fui preparado para ello!" Muchas cosas han cambiado desde que hemos terminado nuestros programas de formación inicial! Por eso, la formación tiene que ser un proceso permanente. Necesitamos prepararnos continuamente, no sólo a nivel intelectual, para asimilar conocimientos y conceptos nuevos, sino también a nivel pastoral, para realizar la misión, y, sobre todo, en el plano espiritual, para poder "desprendernos" de nuestras concepciones y hábitos anticuados y responder con fidelidad creativa a los nuevos desafíos que tenemos por delante.

Los tiempos han cambiado. La Iglesia ha cambiado. La Misión ha cambiado. Pero, ¿nosotros? ¿Pretendemos afrontar los retos de un mundo sofisticado, tecnológico, global, y comunicado internacionalmente, con los instrumentos que recibimos hace años en nuestra formación inicial? ¿Hemos crecido espiritualmente? ¿Hemos "actualizado" continuamente nuestros conocimientos? ¿Somos más libres interiormente y más desprendidos, para dejarnos "conducir por el Espíritu"? ¿Hemos cultivado una espiritualidad madura de la Sangre, núcleo de nuestro carisma? ¿Ha evolucionado nuestro sentido de misión? Estas son algunas de las preguntas que sugieren la necesidad de una formación permanente.

La formación permanente reviste muchas formas. La participación en la vida sacramental, especialmente en la Eucaristía y el Sacramento de la Reconciliación, nuestra oración diaria personal y comunitaria y la meditación sobre la Sagrada Escritura son fuentes constantes de renovación y conversión (cf. Textos Normativos C13). La lectura de revistas y libros sobre teología, espiritualidad y temas afines, que nos ayuda a encarnar nuestro carisma en los tiempos y las culturas en que vivimos, es otra fuente importante de renovación. Así como la participación en conferencias, seminarios, retiros, encuentros de distrito y asambleas comunitarias, que nos permiten dialogar sobre nuestra identidad y profundizar la conciencia de lo que somos y estamos llamados a ser, y discernir juntos los retos del ministerio actual (cf. NT C9).

Algunas de nuestras Provincias han recurrido a la práctica de conceder períodos sabáticos a sus miembros como una fuente de renovación. Se trata de un tiempo especial en el que un miembro puede hacer un corte en sus actividades habituales, para regenerarse en su mente, su espíritu y su corazón, y para revitalizarse y renovarse en su camino. Suele ocurrir que después de algunos años de ministerio y vida comunitaria nuestra visión inicial o el sueño que nos motivó para comenzar nuestro itinerario vocacional se empaña, se enturbia, o incluso, se pierde. El ministerio puede transformarse en una rutina, una obligación, algo que se hace porque hay que hacerlo. El período sabático tiene la finalidad de reavivar y renovar el sueño y la visión inicial; es un tiempo destinado al redescubrimiento de la alegría de vivir nuestra vocación de sacerdotes y hermanos misioneros! Exhorto con ahínco a todas nuestras Provincias, Vicariatos y Misiones a que consideren seriamente este aspecto de la formación permanente como un tiempo especial para "reavivar el carisma de Dios que está en nosotros" (2 Tim 1,6).

EN ESTE NÚMERO

Los autores que han contribuido a la presente edición de El Cáliz escriben desde una variedad de perspectivas y experiencias. El P. Dionisio Alberca, de la Misión Peruana, describe algunos de los desafíos con que nos enfrentamos cuando hablamos hoy de la formación. Nos recuerda que la manera con que encaramos la formación depende de cómo entendemos nuestra realidad de sociedad de vida apostólica, ya que en esto consiste nuestra identidad.

El P. Dennis Chriszt, de la Provincia de Cincinnati, comparte con nosotros su experiencia de colaboración en el Ministerio de Incorporación a las Provincias norteamericanas y con el personal dedicado a la formación y promoción vocacional de las congregaciones femeninas de la Preciosa Sangre. Describe esa colaboración tal como se realiza en los distintos niveles de la formación inicial y superior, así como en la formación intercultural de las candidatas. Deja en claro que la colaboración no consiste simplemente en repartir una tarea equitativamente entre varios sino en trabajar juntos en un proyecto de grupo.

También leeremos algo sobre la "Regula" y sobre su importancia en nuestros tiempos. El P. Mario Brotini, Rector del Seminario Mayor de la C.PP.S en Roma, identifica los elementos característicos de nuestra Congregación que determinan su originalidad como Instituto. Esto es muy importante, ya que el candidato necesita conocer el patrimonio espiritual que recibirá en herencia.

Tenemos después dos testimonios de vida. El Hno. Jim Urbanic, de la Provincia de Kansas City, describe su experiencia sabática como un período de reflexión sobre lo que aconteció en sus treinta años de ministerio, y como preparación para pasar a otro ministerio. Sus estudios académicos realizados en la Escuela de Teología de los Jesuitas de Weston se desarrollan en una atmósfera caracterizada por la presencia de hombres y mujeres de distintos orígenes religiosos y diversas experiencias de ministerio. Variedad que considera muy enriquecedora.

El Estudiante Emanuel Lupi, de la Provincia italiana, ha interrumpido sus estudios teológicos formales y está transcurriendo dos años en la Misión Peruana para una experiencia de intercambio cultural. En medio de los desafíos que representan la inculturación y la nueva experiencia de vida comunitaria, va descubriendo cómo nuestra espiritualidad y nuestro carisma constituyen el lenguaje común que nos une y nos hace una sola cosa, más allá de sus diferentes expresiones culturales.

EN CONCLUSIÓN

Una de las preocupaciones principales de S. Gaspar era la reforma de los ministros de la Iglesia. Con frecuencia hablaba de la necesidad de misioneros "santos y muy bien preparados", y exhortaba a los suyos con estas palabras: "Hay que distribuir bien el horario del día. Si tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra, tenemos que dedicarnos a las ciencias de los santos a través de la meditación, así como al estudio de lo que concierne a nuestro estado. En la meditación es donde nuestro corazón se llenará con el fuego del amor de Dios." (Escritos espirituales, vol. III, no. 262, p. 100).

Espero que la reflexión que sugieren los artículos del presente número de El Cáliz nos ayude a preguntarnos cómo estamos distribuyendo nuestro tiempo, como exhortaba S. Gaspar, para estar seguros de que estamos reavivando continuamente la llama de nuestra vocación. Porque sólo a través de un proceso de formación permanente podremos ofrecer respuestas creativas a los desafíos de nuestros tiempos y en los diversos contextos culturales en los que trabajamos. De esta manera, nuestro carisma fundacional se revitalizará constantemente y seguirá siendo una respuesta válida y estimulante a las necesidades del mundo de hoy.

 


DESAFÍOS A LA FORMACIÓN C.PP.S DE CARA AL FUTURO.
Por P. Dionisio Alberca G., C.PP.S

FORMAR, ¿PARA QUÉ?

A lo largo de la historia ha ido cambiando la forma de autocomprendernos y definir nuestra identidad. En algunos momentos se ha visto en la perspectiva de la vida religiosa, casi como identificándonos con ella; y en otros momentos se ha visto en la perspectiva de los sacerdotes diocesanos, sin mayor diferenciación con ellos. Lógicamente esto trae consecuencias para la formación, ya que se forma para lo que se es o se va a ser.
Hoy, gracias a un largo proceso dentro de nuestra Congregación y de la Iglesia, se tiene una perspectiva más clara de nuestra identidad: somos una Sociedad de Vida Apostólica formada por sacerdotes y hermanos. Somos una Sociedad de tipo específico y con características propias. La formación deberá, entonces, orientarse en esta perspectiva específica.
Al mismo tiempo que se vivía este proceso de autocomprensión, se vivía un proceso de transformación profunda y acelerada de la sociedad y de la Iglesia. Estamos viviendo un cambio de época marcado por fenómenos como el Neoliberalismo, la Globalización, la Revolución Informática, el individualismo, la pérdida de paradigmas ( utopías). No se trata de algo circunstancial, sino de un nuevo modelo de sociedad que trae como rasgo propio la exclusión de ¾ de la humanidad del ámbito laboral, cultural, político, social: en resumen, exclusión de la vida. Esta sociedad globalizada y del mercado mundial deja sin participación, en todos los niveles, y condena a muerte, a la mayoría de la humanidad. Esto presenta cuestionamientos y retos enormes a la misión y, por consiguiente, a la formación para ella.
Si la sociedad ya no es la misma, tampoco la Iglesia es la misma; hay un nuevo modelo eclesial que surgió al final del Vaticano II o en Medellín y Puebla; nuevos movimientos pastorales, nuevas prioridades y opciones, nuevas estructuras o vuelta a las antiguas. Nuevas perspectivas con vista al tercer milenio.
Todo esto nos plantea un enorme desafío: ¿Cómo vivir nuestra identidad en un nuevo contexto social y eclesial?

CONGREGACIÓN DE LA PRECIOSA SANGRE:
SOCIEDAD DE VIDA APOSTÓLICA

Hay tres elementos que nos distinguen como Sociedad de Vida Apostólica: El Proyecto apostólico, al que se ordenan todas las demás estructuras de la Sociedad; la Vida en Comunidad; y la Espiritualidad que sirve de sostén tanto al apostolado como a la vida en comunidad.
Hay prioridades que dan un perfil característico al conjunto. Debe ser claro para todos, especialmente para la formación, que nuestro propio carisma le da un color específico a la manera de vivir y de realizar el proyecto apostólico. Por eso debemos tener claro que somos misioneros dedicados al ministerio de la Palabra (C2, C3). Somos misioneros en diversas maneras: Cuando predicamos el evangelio a los que nunca lo han escuchado; cuando ayudamos a construir la Iglesia; cuando renovamos la Iglesia; cuando acompañamos a los pobres, los sufrientes y los oprimidos; cuando extendemos la congregación a nuevos lugares; así como la pluralidad de formas que estos elementos pueden tomar: Proclamación, Diálogo, Inculturación, Lucha por la Justicia.
En cuanto a la vida en comunidad, basándonos en nuestros Textos Normativos (C1), estamos llamados a vivir en el Vínculo de la caridad, en una manera específica: creando un clima de diálogo; compartiendo sueños; unidos en y para la misión; siendo hospitalarios y acogedores; siendo un testimonio profético.
Por último, tener presentes las dimensiones bíblicas de la Espiritualidad de la Sangre: la Sangre de la Alianza, la Sangre de la Cruz y la Sangre como Reconciliación. Y todo desde el contexto de una sociedad donde se sigue derramando cada vez más sangre de víctimas inocentes.
Desde este conjunto de elementos y para este conjunto de elementos es que nacen los desafíos a la formación; sin ignorar o negar el clamor que nace de los signos de los tiempos: ¿Cómo formar nuestra identidad en este nuevo contexto social?

DESAFIOS PARA LA FORMACIÓN HOY

Estamos ante realidades que exigen respuestas nuevas. Esto exige, por fidelidad a la realidad y al proyecto de vida apostólica, por fidelidad a Dios, replantear muchas cosas y enfrentarlas de manera nueva. Exige permitir que las nuevas generaciones vivan su propia experiencia y den su propia respuesta como la dieron las generaciones anteriores. Apuntamos algunos de estos desafíos sin pretender respuestas terminadas, más bien en búsqueda de ellas y sabiendo que sólo viviendo la experiencia con los miembros jóvenes iremos encontrando los caminos para responder a estos desafíos.


· Proceso continuo y completo
En la congregación, por lo menos en el Perú, se cuida mucho del postulantado y la candidatura como tiempos fundamentales, bien delineados, con buen acompañamiento de parte de los formadores. Estar consagrados a Dios requiere un proceso arduo de iniciación, de salir de uno mismo, de traspasar la existencia meramente genérica de ser miembro de un conjunto. Este paso a la trascendencia entraña una aventura de llegar a ser una persona que no vive para sí, sino para Dios y de Dios, en una búsqueda en la que se juega toda la vida.
Esto exige la existencia de un proceso paulatino, siempre bien acompañado, con discernimiento constante, que vaya dando al joven la posibilidad de madurez en su respuesta al llamado y la asimilación de la identidad de nuestra Congregación. El discernimiento en la formación debe hacerse en función del Dios de la vida, del mundo y de la Iglesia, y no en función de las obras que tenemos.


· Opción por los pobres
La opción por los pobres es ya una realidad irreversible en la Iglesia de hoy. Esta novedad evangélica redescubierta por la Iglesia latinoamericana ha pasado a formar parte del patrimonio de la Iglesia universal y ya fue incorporada de manera definitiva al magisterio eclesiástico. Pero presenta novedades que se convierten en desafíos para su vivencia en la formación actual.
Ha cambiado la realidad misma de la pobreza; no ha disminuido, se ha intensificado y aumentado; pero es distinta. Si antes presentaba el rostro de la opresión, ahora presenta el de la exclusión; si antes era consecuencia de la explotación del trabajo, ahora lo es de la falta de trabajo. Si antes hablábamos del capitalismo dependiente, hoy hablamos del neoliberalismo excluyente.
Ha cambiado la realidad de la opción por los pobres. Años atrás era una novedad, una alternativa profética a la realidad vigente y a la manera dominante de vivir la fe. Ahora la situación es diferente. En el proceso involutivo y neoconservador que se vive en la Iglesia actual la pobreza al menos "oficialmente" es aceptada y afirmada. En ocasiones se nota un cierto cansancio y acomodamiento.
Actualmente, la mayoría de los jóvenes que se encuentran en la congregación son de los sectores populares. Esto significa optar por su propia clase, por su propio pueblo. Cuando las casas de formación están en medios más altos, la consecuencia inmediata es que los jóvenes acceden al bombardeo del medio que los hace alejarse de su medio original, de su cultura. ¿Cómo lograr que los estudios tengan su lugar y no arrasar toda la capacidad de lucha por la vida existente antes del ingreso a la Congregación? ¿Cómo lograr una mayor preparación intelectual, y al mismo tiempo conservar la entrega y donación que les inspiraron el seguimiento a Jesús pobre y entre los pobres? Se logra esto al tener casas de formación que permiten vivir entre los pobres y haciendo explícita la opción por los pobres y no solamente presumiéndola.

· La inculturación
En el futuro nuestra congregación será más nativa, formada por gente del lugar; ¿Cómo formar hoy a los que van a guiar nuestra congregación en el futuro?
El concepto, significado y experiencia de la inculturación han tenido un gran desarrollo. Años atrás era el extranjero que debía inculturarse en la cultura local. Hoy es la misma persona del lugar que debe hacerlo en su propio país. Se va ampliando el sentido de cultura; ha crecido la conciencia de la pluriculturalidad; se van descubriendo las nuevas culturas y no sólo las antiguas y vamos descubriendo que ninguna de ellas existe pura sino que se mezclan y se afectan unas a otras.
Esto significa que el misionero tiene que abandonar actitudes triunfalistas y mesiánicas para volverse más humilde y fraternal, más comunitario. Para esto, hay que tener un corazón oyente más que una lengua acertada. Dejar que el otro me anuncie el evangelio, me sorprenda y desafíe. Hay que descubrir a Cristo en ese pueblo. Misioneros y pueblo se van haciendo cristianos conjuntamente en un diálogo fecundo.


· La experiencia de Dios en la Espiritualidad de la Sangre
Todos estos rasgos nuevos no podrán vivirse en plenitud si no nacen de una nueva experiencia de Dios, del Dios del Éxodo presente en la realidad y en la historia, el Dios de la encarnación en medio del pueblo, el Dios de la alianza, el Dios de la vida y Padre de todos. Es el Dios que elige a los pobres como lugar privilegiado de su presencia. No es el Dios del poder ni se deja encerrar ni manipular por los hombres.
Esta vivencia de la Sangre de la Alianza de Dios con el Pueblo es también la vivencia de la sangre de la cruz; de la sangre de la víctima inocente derramada por los poderosos, porque es la de un Dios que se coloca de parte de todas las víctimas del sistema de poder.
Es también la sangre del Resucitado, constituido Señor y Cristo. Es la sangre de la reconciliación porque con su opción por los pobres hasta la muerte desenmascara la perversidad del sistema y exige crear un nuevo orden, justo y fraterno.
Los jóvenes vienen con una imagen de Dios introyectada desde la niñez, que muchas veces no corresponde a esta experiencia de Dios desde la Espiritualidad de la Sangre. ¿Cómo formar jóvenes capaces de hacer esta experiencia de Dios?


· Vivir en comunidad sostenidos por el vínculo de la caridad
Estamos llamados a la vida en comunidad en vista de la misión. Se nos presentan desafíos grandes en este sentido. Formar para la vida comunitaria, significa formar para ser capaces de entablar un nuevo tipo de relaciones humanas (Hechos 2,44,) no basadas en el poder, el aislamiento, la comodidad, los propios caprichos, la exclusión, el individualismo, sino en el compartir, el servicio, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la acogida. El estilo específico de nuestra vida comunitaria es el vínculo de la caridad.
Por otra parte somos comunidad para la misión. No nos unimos y agrupamos para la propia autocomplacencia, para el propio bienestar y la propia comodidad. Somos comunidad para la misión. No somos comunidades cerradas y centradas en si mismas, comunidades que viven para si; sino que somos comunidades lanzadas hacia afuera, excéntricas, que viven para otros, como la comunidad de la Trinidad.
¿Cómo formar para poner este servicio apostólico como eje de la vida comunitaria?
· Formación en la afectividad
No podemos ignorar que en la actualidad se presenta una gran problemática en torno a la vivencia de la afectividad dentro de la vida presbiteral. Durante mucho tiempo se formó, en la práctica, para una represión o negación de la sexualidad como camino de la vida celibataria. El no reconocimiento de la sexualidad como una parte integral de la persona humana puede resultar en convertirla en una obsesión inconsciente y desintegradora de la persona.
Se hace necesario formar en un conocimiento, reconocimiento, aceptación e integración de la propia sexualidad. Es una fuente de energía, de creación, de relación, de apertura, de salida de si mismo, que enriquece y permite ser imagen de Dios.
Creemos que la vivencia de la vida comunitaria será un elemento importante en esta formación; igualmente el compromiso apostólico que libera la energía creadora y afectiva. Es también importante formar para una opción explícita por el celibato, ya que muchas veces la opción inicial es por el ministerio y el celibato se asume sólo como requisito impuesto para poder acceder a él.

CONCLUSION

He presentado algunos de los desafíos que aparecen en el ministerio de la formación. Como se dijo al comienzo, no pretendo tener todas la respuestas, pero estoy buscando cómo responder a estas nuevas realidades y encontrar caminos para reflexionarlas teológicamente. En el trabajo con los jóvenes en formación, es importante no imponer la propria experiencia personal y explicaciones personales, sino aprender a caminar con ellos en su búsqueda.



Colaboración y el ministerio de la incorporación
Dennis Chriszt, C.PP.S.

La colaboración lleva tiempo, exige trabajo, y mucha paciencia. Pero, ¡es una bendición! Hace cinco años, cuando empecé mis estudios para el doctorado en Pastoral en la Catholic Theological Union, la clase estaba dividida en tres grupos. Cada grupo debía preparar una presentación de tres horas de duración. Después de la segunda presentación, casi la mitad de la clase fue a cenar a un restaurante cercano. Mientras estábamos comiendo, uno del grupo hizo el comentario de que consideraba maravillosa la experiencia de colaboración que se había vivido en el curso. Yo me quedé sorprendido e impactado de que alguien pudiera decir que esa experiencia se parecía siquiera a un trabajo hecho en colaboración. La sesión había sido dividida en cuatro partes iguales, y al frente de cada una había un coordinador. Todas trataban el mismo tema, pero las presentaciones fueron más bien cada una por su lado. Aunque estaba seguro de ir contra corriente, no pude menos de decir: "Para mí eso no es colaboración! Eso es 'dividir para reinar'!".

La colaboración no consiste simplemente en repartir una tarea equitativamente entre varios, sino en trabajar juntos. Es lo que fuimos aprendiendo con el tiempo: a trabajar juntos, a compartir ideas, a construir un proyecto con la participación de todos, de tal manera que nadie podía reconocer dónde comenzaba o dónde terminaba su parte. La colaboración es un proyecto de grupo, en el que todos ponen todo en común. No es tan fácil como dividir para reinar. Lleva tiempo. Supone trabajo. Exige paciencia. Pero, ¡qué bendición!

Colaboración entre las Provincias C.PP.S. Norteamericanas

Hace cinco años, el Consejo consultivo interprovincial para la formación realizó su encuentro otoñal. Los formadores y directores vocacionales de las cuatro provincias norteamericanas de los misioneros de la Preciosa Sangre se reunieron en Chicago. La mayoría éramos nuevos en este grupo, que inicialmente se había formado para que las cuatro provincias pudieran trabajar juntas en un programa conjunto de formación. Algunos habían albergado la esperanza de que hubiera una sola casa para la formación inicial, un solo programa de formación especial, y una sola casa para la formación superior. De hecho, en ese momento había una única casa de formación inicial, en el Rockhurst College de Kansas City, Missouri. Asimismo, todos los candidatos que estaban en la fase de formación específica habían pasado juntos dos veranos reflexionando sobre la historia, el carisma, la misión, el ministerio, y la espiritualidad de la Preciosa Sangre. Algunas de las provincias habían estado colaborando durante más de veinte años en los programas de formación específica del verano y en la casa de teología de la Catholic Theological Union.

En el encuentro nos fuimos dando cuenta de que las políticas que estábamos aplicando necesitaban una revisión, pero ni se nos pasó por la mente que nos llevaría cinco años y montañas de papel la elaboración definitiva de las políticas que nos orientarían en nuestra colaboración. Ni preveíamos en ese momento que la única casa de formación inicial se transformaría en cuatro casas distintas, una en cada provincia. Cuando concluyeron las revisiones de las políticas, había aumentado -no disminuido- el número de personas que participaban en el ministerio vocacional y de la formación. Pero habíamos aprendido a colaborar.

Habíamos trabajado juntos, no sólo para revisar las políticas, sino también para ponernos de acuerdo sobre lo que significaba formar parte de los Misioneros de la Preciosa Sangre. Logramos aclarar ideas sobre nuestra espiritualidad, nuestra historia, y nuestro carisma. Ya no mandábamos todos nuestros candidatos a una sola casa de formación inicial, pero veíamos que en las cuatro casas se trasmitían los mismos valores, de suerte que en todas se lograba el mismo objetivo de incorporar a los candidatos a la familia de los Misioneros de la Preciosa Sangre. Empezamos a darnos cuenta de que la colaboración no siempre implicaba vivir bajo el mismo techo, pero sí compartir la misma preocupación, la misma fe, la misma espiritualidad y la misma interpretación de la misión de la Congregación. Llevó mucho tiempo. Significó una ardua labor. Exigió paciencia. Pero, ¡qué bendición!

Aprendimos mucho sobre la marcha. Aprendimos que la colaboración no significaba necesariamente que todos teníamos que hacer las mismas cosas y de la misma manera. Aprendimos que cada provincia, y cada miembro, aportaban ideas y talentos al proceso global. Aprendimos que la colaboración a veces es difícil. Algunas veces nos hemos visto frente a problemas que nunca hubiéramos imaginado. Aprendimos que el objetivo de la formación es lograr que una persona se incorpore realmente al instituto; es decir, no formar personas en moldes preconcebidos sino acogerlas, con sus puntos débiles y sus puntos fuertes, en nuestra comunidad formada por hombres que han experimentado, también ellos, angustias y sufrimientos. Aprendimos muchísimo sobre lo que significa compartir el mismo cáliz - el cáliz de la libertad y el cáliz del sufrimiento. Aprendimos lo que significa la reconciliación, el perdonarse unos a otros, el tender puentes sobre brechas al parecer insuperables. Aprendimos que nuestra espiritualidad nos llama a trascender las fronteras que nos dividen en provincias y en distintos niveles de formación, y a observarnos dentro del cuadro grande del que todos formamos parte, que es la única comunidad, la única iglesia, el único pueblo redimido por la Preciosa Sangre de Cristo. Nos hemos reído y hemos aprendido, nos hemos alegrado, pero también hemos llorado un par de veces. Hemos rezado juntos, y alguna vez hemos jugado también juntos. Algunas cosas del proyecto se podrían haber hecho más rápidamente y más eficazmente si las hacía una sola persona, pero en ese caso hubiéramos perdido las muchas oportunidades que hemos tenido de escuchar la sangre que nos llamaba a estar juntos.

A causa de lo que hicimos y de todas esas reuniones que hemos tenido, los miembros de todas las provincias participantes se conocen mejor a sí mismos, conocen mejor a otras personas, y conocen mejor el valor precioso de la sangre que corre en cada persona, en cada provincia y en cada una de las comunidades que constituyen la familia de la Preciosa Sangre.

Colaboración en toda la Familia de la Preciosa Sangre

Hace cuatro años, en el congreso bienal de la Conferencia sobre formación religiosa, un grupo de directores de formación de la Preciosa Sangre se reunió durante un almuerzo, en el que nació la Conferencia para la Formación y Promoción vocacional de la Preciosa Sangre. Desde entonces, los/las directores/as de formación y promotores/as vocacionales de cuatro provincias de los Misioneros de la Preciosa Sangre, de tres provincias de las Adoratrices de la Preciosa Sangre, de las Hermanas de la Preciosa Sangre (Dayton) y de las Hermanas de la Preciosísima Sangre (O'Fallon) nos hemos reunido todos los años para compartir nuestra espiritualidad, nuestros sueños y esperanzas, y para experimentar de una manera muy concreta que formamos parte del movimiento del Espíritu en el mundo de hoy.

A causa de las relaciones que se han ido creando en la Conferencia, nuestros candidatos no sólo tienen noticias acerca de los miembros de su propia provincia y de otras provincias de los Misioneros de la Preciosa Sangre, sino que también tienen la oportunidad de escuchar el testimonio de religiosas de las comunidades A.S.C. y C.PP.S. de los Estados Unidos. Aprenden algo acerca de la historia, el carisma y la espiritualidad que tenemos en común en una forma que la mayoría de nuestros miembros jamás hubiera soñado. Durante los veranos dedicados a la Formación comunitaria interprovincial (que forma parte de la formación especial), los candidatos visitan las casas de cada una de las comunidades femeninas. Se encuentran con las candidatas y miembros de dichas congregaciones, y escuchan las historias acerca de cómo ha actuado Dios en su ministerio y en sus esfuerzos por vivir la espiritualidad de la Preciosa Sangre. Descubren la riqueza de nuestro carisma y espiritualidad dialogando con otros que encuentran en la Sangre de Cristo la fuente de su vocación.

Colaboración a nivel de la formación intercultural

El Consejo Consultivo interprovincial para la formación también elaboró un programa de formación intercultural, para dar a los candidatos de las cuatro provincias norteamericanas la oportunidad de experimentar una transformación personal mediante el encuentro con personas de otras culturas, lograr una perspectiva internacional, y crecer en nuestra identidad de Congregación de la Preciosa Sangre, relacionándonos con miembros de otras provincias, vicariatos y misiones de la Congregación. El año pasado, los miembros del Consejo Consultivo Interprovincial para la Formación decidieron invitar también a los integrantes femeninos de la A.S.C. y de la C.PP.S. a participar en este programa. En colaboración con los miembros de la facultad intercultural de la Catholic Theological Union, esta nueva empresa conjunta se llevará a cabo del 15 de junio al 15 de julio de 1999, comenzando con cuatro días de ambientación en Chicago.

Los candidatos vivirán tres semanas en comunidad con los miembros de una de nuestras misiones extranjeras, para que tanto los directores como los candidatos tengan la oportunidad de colaborar a nivel internacional. Por ahora, los candidatos que participarán en el programa son en total unos ocho o diez, en una proporción equilibrada de hombres y mujeres de la Preciosa Sangre. Uno de los directores y tres de los candidatos se ubicarán en uno de los tres lugares de la misión, donde tomarán contacto con la cultura local, conocerán a algunos de los miembros de la comunidad que vive allí, verán el ministerio que realizan y escucharán el grito de la sangre en un lugar distante de su patria. Al regresar a los Estados Unidos, todos los participantes se reunirán nuevamente en Chicago para un seminario de reingreso que durará cuatro días, en el que podrán compartir algo de lo que experimentaron con otros, e integrar la experiencia en su manera de concebir la vida, la comunidad, y la espiritualidad de la Preciosa Sangre.

Mientras los miembros del Consejo Consultivo Interprovincial para la Formación estudiaban el desarrollo del programa de formación intercultural, algunos de nosotros reflexionábamos sobre la posibilidad de que candidatos de otras provincias visitaran las nuestras. Tenemos la esperanza de que durante el encuentro de formadores del próximo verano podamos contribuir a que en el futuro vengan candidatos a visitarnos. Llevará tiempo. Exigirá paciencia. Pero, ¡qué bendición!

Colaboración a nivel de los estudios teológicos

La colaboración a nivel de formación no es algo nuevo para nosotros. Poco después de que se cerró el Seminario de St. Charles como escuela de teología en 1969, los candidatos de las Provincias de Cincinnati y Kansas City empezaron a estudiar en la Catholic Theological Union de Chicago. Desde el principio, la CTU fue un esfuerzo de colaboración que permitió a los candidatos, a la facultad, y al personal procedente de diferentes comunidades religiosas unirse para impartir una formación teológica y pastoral de cara al futuro de la Iglesia. Hoy, la CTU es la escuela católica de teología más grande de América del Norte, que forma a hombres y mujeres para el ministerio. Más de treinta comunidades masculinas envían sus candidatos a la CTU. Uno de cada seis sacerdotes religiosos ordenados en los Estados Unidos es un egresado de la CTU.

Las Provincias de Cincinnati y Kansas City han participado en este esfuerzo de colaboración casi desde que comenzó la CTU. Nuestros candidatos estudian teología y se preparan para ejercer el ministerio en la Iglesia, colaborando con hombres y mujeres, religiosos y laicos.

Los directores de formación de las comunidades masculinas se reúnen periódicamente para compartir sus inquietudes, aprender de los demás y ayudarse mutuamente en este ministerio. Los estudiantes hacen pastoral en diversos ambientes, estudian con hombres y mujeres de distintos orígenes culturales, y descubren el valor de trabajar juntos por el Reino de Dios. La facultad, los directores de formación, los candidatos, los alumnos, los ministros, y el pueblo de la iglesia local colaboran juntos en distintos ambientes para alcanzar una variedad de metas específicas que convergen en el único objetivo de proclamar la Buena Noticia a un mundo que con tanta frecuencia necesita de alguien que le dé alguna noticia buena.

Cada vez que colaboramos, cada vez que trabajamos, nos tomamos el tiempo y practicamos la paciencia unos con otros, reconocemos la presencia de Cristo en medio de nosotros. Escuchamos el grito de la sangre en nuestro mundo, que nos invita a derribar las barreras, a zanjar las diferencias, y a dar testimonio del misterio de la Sangre de Cristo que corre por nuestras venas.

La colaboración lleva tiempo, exige trabajo y paciencia. Pero, ¡qué bendición!


Desde la "Regula" hasta hoy.
D. Mario Brotini, C.PP.S.

Un poco de historia

Para nosotros, los misioneros, la fecha de la fundación del Instituto es el 15 de agosto de 1815, día en que Gaspar del Bufalo y otros compañeros celebraron el comienzo de su obra misionera. Ya desde los tiempos de la prisión, este proyecto había ido tomando cada vez mayor consistencia.

Pero la fundación de un Instituto requiere un cierto período de tiempo hasta completar su tramitación jurídica. Según las normas canónicas de entonces, la aprobación de un instituto suponía un itinerario que preveía dos o tres pasos.

Un primer reconocimiento lo podemos detectar en la correspondencia relativa a la concesión, por parte del Pío VII, de la casa de Giano de Umbría y en algunos rescriptos de la Congregación de Ritos. El segundo, en el decreto "Sacerdos", que elogia la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre y aprueba sus constituciones, o sea la Regula, sin hacer mención del período ad experimentum, que ya estaba en boga en aquella época. Con el decreto "Sacerdos", de 17 de diciembre de 1841 (de la Congregación de Obispos y Regulares, como se llamaba entonces), se obtuvo la aprobación oficial de la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre en el seno de la iglesia católica.

La ausencia de votos confundía a algunas autoridades de la Santa Sede, que hicieron notar a nuestros hermanos de entonces que por ese motivo la Congregación debía considerarse una pía sociedad, vinculada a la jurisdicción de los obispos, y no un verdadero instituto. Recién hacia fines de 1800 se comenzó a tomar en serio a las sociedades sin votos, así como la posibilidad de que tuvieran un ordinario e incorporaran plenamente a sus miembros en el instituto. Con el Código de 1917 las cosas se aclararon más.

La "Regula" iba acompañada al principio de la "Praxi", para su mejor interpretación, y fue editada por segunda vez por orden de Rizzoli en 1881: algunos documentos de nuestros archivos hacen suponer la existencia de tensiones internas en aquel tiempo, debidas al deseo de corregir nuestra institución introduciendo, quizás, los votos para transformarla en un verdadero instituto religioso. Con Rizzoli, el tercer moderador general, predominó la línea de fidelidad al fundador Gaspar y a su sucesor Merlini.

Hubo muchas iniciativas de la Santa Sede al final del siglo, y después con el código de 1917, encaminadas a reordenar toda la legislación de los distintos institutos. Hasta entonces cada uno tenía sus propias reglas, el "derecho particular", pero no existían normas generales. También nuestra Regula tuvo que iniciar un proceso de revisión y perfeccionamiento que fue oficializado recién en 1964, ¡el 1º de julio!

Poco después, las novedades del Concilio y del nuevo Código de 1983 pusieron nuevamente en marcha los trabajos de revisión que han desembocado en la forma actual de la Constitución CPPS.

Vuelve a ser hoy urgente para cada Instituto la necesidad de "una referencia renovada a la Regula", porque en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de "sequela", caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia.

Una creciente atención a la Regula ofrecerá un criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de responder a las exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial (cfr. Vita Consecrata, 37).

Una vocación en la vocación

El núcleo de la Regula puede encontrarse en los primeros seis artículos: "De fine Congregationi proposito". Aunque haya sido aprobada después de la muerte del Fundador, consideramos que es la síntesis de varios años de vida comunitaria y apostólica; y si bien el plan de restauración postnapoleónico del Papa ha influido no poco sobre la obra de Gaspar, creemos que contiene el secreto de su amor por la Iglesia. Un amor que se trasluce en una vocación dentro de la vocación al sacerdocio ministerial: la vocación misionera. En efecto, se recuerda (en el artículo primero) que los misioneros forman parte del clero secular y que, por lo tanto, deben regular sus actividades y toda su vida según las prescripciones de los "sagrados cánones" del sacerdocio ministerial. Con esto manifestaba también la condición jurídica de los miembros de entonces, distinguiéndolos claramente de los religiosos. La finalidad no era sólo buscar la propia perfección, sino procurar también la salvación de los demás: la razón de la congregación giraba fundamentalmente en torno al apostolado y no a una vida retirada. Asignaba a los miembros las mismas responsabilidades de un sacerdote diocesano común y corriente, pero orientado principalmente a las "sagradas expediciones, llamadas misiones" y a los ejercicios espirituales (artículo 2). Por lo tanto, el sacerdocio ministerial normal es el punto de partida, y no de llegada! El artículo 3º plantea la misma exigencia en otra perspectiva: la necesidad de evitar compromisos contrarios a la movilidad y a la solidaridad con la obra de la Congregación.

Siendo sacerdotes diocesanos, no tenían necesidad de ulteriores incardinaciones, por lo cual la adhesión a esta obra se regía por el vínculo de la caridad, y no por los vínculos de los votos, que también otros institutos evitaban para preservar su libertad de acción, sin obligaciones de clausura, coro, etc. La sociedad evolucionaba, se industrializaba, se viajaba y se estudiaba: una pobreza estricta no facilitaba el movimiento en este nuevo mundo, y Gaspar percibió la necesidad de una mayor elasticidad.

La Regula presenta, pues, un núcleo de sacerdotes diocesanos que, libres de votos y de compromisos vinculantes, favorecen a todos el diálogo sobre la fe privilegiando el encuentro con la Palabra. El misterio de la Sangre de Cristo y otros elementos de espiritualidad, contemplados también en el primer título de la Regula, proporcionan una motivación importante para este apostolado especial que, en mi opinión, está muy lejos de ser comprendido en toda su profundidad.

Hacia fines de 1800, algunos procedimientos reforzaron los vínculos de los miembros con el instituto cpps, hasta el punto de que pocos decenios después quedaron incardinados definitivamente al instituto perdiendo el vínculo con la diócesis de origen. Como en el caso de otras Sociedades, las vicisitudes históricas contribuyeron a cambiar la fisonomía del instituto y a hacerlo crecer: nuevos tipos de apostolado, misiones extranjeras, parroquias. La entrega a la Iglesia ha ampliado los horizontes operativos de la Congregación, atenuando las diferencias entre el misionero cpps y otros tipos de vocación. Diversos documentos conciliares y postconciliares invitan a redescubrir la fidelidad a la naturaleza, a la finalidad, al espíritu y a la índole de los institutos, tema éste habitual en el ámbito de la formación, cuando un candidato quiere conocer en profundidad el patrimonio espiritual que recibirá en herencia.

Cuando a raíz de algunos cambios históricos empezaron a disminuir los miembros, creo que una de las tentaciones fue la de concentrarse más en la supervivencia del instituto que en su fuerza apostólica. O sea, algunos han sacrificado el carisma original para garantizar la supervivencia del instituto. Con el resultado de que la pérdida de la propia originalidad restó claridad a la vocación.

Por lo que se refiere a nuestra Congregación, al menos en Italia, hay un gran interés por esta cuestión, no tanto por las obras que tenemos cuanto por la modalidad y el estilo con que las realizamos. El sacerdocio, vivido con un estilo diocesano, ¿puede seguir atrayendo candidatos a nuestro instituto todavía hoy? ¿O se espera que nuestro sacerdocio desempeñe una función desafiante, en el contexto de una reevangelización? La estructura institucional con los cambios que ha sufrido puede, por lo tanto, contribuir a la inculturación y actualización del objetivo del Fundador, pero también a su debilitamiento.

El encuentro con la Palabra de Dios

La Regula favorece, además, un elemento fundamental para el cristiano, que nuestra época parece desconocer: el encuentro. Incluso los que no son sacerdotes y están todavía en la formación perciben el poder de la Palabra y su capacidad para obrar la resurrección cuando sabemos encarnarla en y para quien está muerto espiritualmente. Esta obra extraordinaria se basa en la representación del misterio de Cristo, en quien el hombre no sólo habla de Dios, sino que habla a Dios. Pero se corre el riesgo de reducir la palabra a la materialidad de una palabra escrita. En los tiempos y lugares de Gaspar, el misionero era un acontecimiento. Si bien se trata de una coyuntura histórica imposible de reeditar en el presente, creo que el equipo misionero y la casa de misión eran un punto de referencia para quien vacilaba en su espíritu. Encontrar un misionero era encontrar una persona humana. Y todo esto no era el resultado de la obra de individuos aislados, sino el fruto de la colaboración comunitaria. De esto puede deducirse que no estamos solos, sino que contamos con compañeros en casa y en el trabajo. No somos enviados a vender ideología sino a vivir la comunión y el encuentro que se da entre nosotros.

A través de los distintos títulos, la Regula aparece clara y firme sobre la formación del misionero, para que, bien preparado, pueda ayudar a los demás. También nuestra época nos quiere cada vez más preparados, pero nos expone al riesgo de agotarnos en un perfeccionismo. La Preciosísima Sangre ha sido derramada por nosotros y por todos, o sea para toda la persona y no sólo para la racionalidad. Lamentablemente, no obstante el poder de los medios de comunicación - que van desde los simples folletos hasta los complejos sitios de Internet - corremos el riesgo de pasar inadvertidos. Los métodos pastorales basados sobre la fuerza de la convicción no dan frutos, y las ideas no logran convertir. A veces da la impresión de que en este mundo afectado por el mal del "singularismo" el único testimonio posible es la capacidad de vivir y trabajar comunitariamente.

Nuestra pobreza

Hay una perspectiva pastoral que se dirige a quien todavía tiene fe, que privilegia la administración de los sacramentos y la catequesis, y otra que trata de volver a abrir una esperanza en quien se ha alejado o ha perdido la fe. Sin subestimar la primera, la Regula parece inclinarse por la segunda. El vínculo de la sola caridad debía garantizar la gratuidad y fecundidad del trabajo apostólico: era una forma original de pobreza (no tener nada que perder), que permitía jugarse el todo por el todo. Al misionero se le pedía sólo su entrega y disposición para salir al encuentro de quien tenía necesidad de volver a Dios! La caridad era el único vínculo, y también el motor de la "congregación" que tenía en mente Gaspar. Y era también una verdadera prueba de fidelidad al instituto: el que no estaba hecho para eso, bien pronto se habría sentido como pez fuera del agua! Se tiene la impresión de que al principio el instituto estaba constituido por el dinamismo de la acción apostólica, y que después la parte institucional ha debido suplir el debilitamiento del fervor inicial.

En nuestra historia ha habido diversos intentos de encuadrar el instituto en el marco de los institutos religiosos, mediante la profesión de los votos: pero los votos son un instrumento para la santificación personal, que es sólo una parte del programa misionero contenido en el primer artículo de la Regula. Para la otra parte, la santificación del prójimo, se necesita el espíritu de caridad, el don gratuito.

El significado perenne de la Regula

Casi todos los misioneros de hoy han recibido al entrar en nuestro instituto una formación encaminada a trasmitirles toda nuestra tradición: nuestro pasado es un patrimonio que los primeros misioneros sólo han vislumbrado. En un diálogo imaginario entre nosotros y nuestros fundadores, un diálogo entre "entendidos", creo que la Regula podría ser la mesa de negociaciones para un intercambio ideal entre nuestra experiencia histórica y el riesgo que ellos han afrontado al lanzarse con audacia a ser los nuevos misioneros de la Preciosísima Sangre. En presencia de los jóvenes que están en formación, se tiene la impresión de que reviviera en ellos el mismo espíritu emprendedor de los fundadores, caracterizado por la sencillez, la audacia, la determinación y, a veces, la ingenuidad. El que ha envejecido sabiamente pondera todo, pero quién sabe si tendría la fuerza de comenzar una obra nueva. La Regula está animada de este espíritu. Toda Regla es fruto de la novedad del Espíritu.

Al menos en estas partes iniciales creo que la Regula conserva toda su validez. Si hay algo que envejece, son los hombres que la observan. Precisamente porque es obra de Dios, lo esencial de nuestra Regula tiene el sabor de lo difícil, del sacrificio, de algo que incomoda. Dejando abierta la metodología misionera, que podemos adaptar a múltiples circunstancias, es firme en lo que se refiere al valor comunitario del trabajo orientado a la salvación del hombre, porque por nosotros "se sigue derramando esa Sangre". En este sentido tiene valor también nuestra formación: si aprendemos a encontrarnos, a caminar juntos en el camino en el que Dios nos ha puesto, en la gratuidad de nuestra respuesta, sin el temor de perder, de perder lo que nuestros fundadores no tenían.

 

Volver a Estudiar
James Urbanic, C.PP.S.


Mi provincial, P. Mark Miller, y yo disentimos con respecto a lo que estoy haciendo en estos dos años. El lo llama experiencia "sabática". Para mí es como "volver a estudiar". Pero es sólo una diferencia de palabras, porque en cuanto a la finalidad estamos de acuerdo con que se trata de volver a las aulas para actualizar mi teología, alejarme temporalmente de las tareas habituales, y prepararme para nuevos desempeños en el ministerio sacerdotal.

Ministerio sacerdotal y enseñanza

Mi sacerdocio y mi vida han girado siempre en torno a la actividad y vida parroquial y la enseñanza. Me ordené en 1971 y estuve siete años en la parroquia de San Francisco Javier, en St. Joseph, Missouri, una parroquia fundada en 1890 por Misioneros de la Preciosa Sangre. En los años 1978-87 fui director de la formación en la Provincia de Kansas City y enseñaba en St. John's University en Collegeville, Minnesota, universidad de los Benedictinos donde nuestros estudiantes estudiaban teología. En 1987-97 estuve de nuevo en la parroquia de San Francisco como párroco. Actualmente estoy en Cambridge, Massachussets, en la escuela de teología de los Jesuitas de Weston. Siempre se han ido alternando las dos actividades: parroquia y enseñanza. Un ritmo que me agrada, porque nutre los dos aspectos de mi vida.

Descubrir dimensiones nuevas en Teología

En el seminario no he aprendido toda la teología que iba a necesitar ni toda la que me hubiera gustado adquirir. Ha habido una importante evolución teológica en los Estados Unidos que no me tocó vivir durante mi formación sacerdotal. Cuando estaba estudiando en 1967-71, todavía no se habían producido las novedades que aparecieron posteriormente en el campo de la Cristología, los estudios bíblicos, la teología de la liberación, los estudios feministas, ni los cambios espectaculares que se manifestaron después en la iglesia católica. Después de treinta años, y con el bagaje de experiencia adquirido tanto en la enseñanza como en la vida pastoral, tengo más capacidad para "escuchar el mensaje" y valorar la tradición católica. Ya no soy una hoja en blanco - tabula rasa, como se nos solía llamar - en espera de que la teología ascética y mística se imprimiera en mi mente "maleable". Ahora tengo detrás de mí una historia, y frente a mí un horizonte de futuro. Ambas dimensiones, la de la historia pasada y la del futuro, determinan las opciones que hago en la actualidad: los cursos en los que me inscribo, los libros que leo, los textos que redacto. Es interesante volver a estudiar: no sólo porque ya era hora de que lo hiciera, sino porque me permite saber qué es lo que ha pasado en los últimos treinta años, y prepararme para una nueva oportunidad de servir a la Provincia y a la Iglesia.

Como dije anteriormente, el provincial P. Mark interpreta este período como un tiempo para "alejarme" de las tareas de la enseñanza y de la parroquia y prepararme para otro ministerio. Para mí también, pero el que está estudiando soy yo, no él. Yo soy yo el que escribe, lee libros, y prepara una tesis. Los dos vemos la dimensión sabática, el cambio de marcha y el alejamiento temporal de los compromisos, así como la dimensión del estudio, del título académico (en este caso, una licenciatura en Teología), para volver después a la viña. Ambos puntos de vista son importantes.

El provincial está permitiendo a los miembros alejarse por un tiempo prudencial de las actividades habituales, no necesariamente para obtener un título académico sino para reflexionar sobre lo que se está haciendo y para ver la Iglesia y el ministerio desde otra perspectiva. El provincial planifica los años sabáticos en función del ritmo de la provincia. El P. Mark no es el primer provincial de la Provincia de Kansas City que concede años sabáticos, sino que éstos forman parte de una política general de formación permanente y renovación que tiene la Provincia, que permite a los miembros asumir sus nuevos destinos con preparación y entusiasmo, con energía y orientación, con un enfoque nuevo y una vida renovada.

Yo opté por un título académico. Espero trabajar con católicos no practicantes y apartados. Al examinar las escuelas teológicas de los Estados Unidos, elegí la zona de Boston, que cuenta con una comunidad de nueve escuelas teológicas distintas (de las cuales tres son católicas). Una vez admitido en una de ellas, se puede asistir a cursos y participar en seminarios en cualquiera de las otras. Me di cuenta que la Weston Jesuit era fuerte académicamente, pero no tenía todo lo que yo necesitaba. Puedo, en cambio, frecuentar otras escuelas, por ejemplo el Boston College que dirigen los Jesuitas, la Boston University, otras escuelas Protestantes y la prestigiosa Universidad teológica de Harvard.

Existen muchas otras oportunidades educativas en Boston, zona rica en cultura y lugares históricos. Y cercana al océano, lo que representa una novedad para mí que viví toda mi vida en el interior de los Estados Unidos. Además, allí vive mi hermana y su familia. ¡Por primera vez desde 1962 pude compartir la cena pascual con mi familia: fue fantástico!

Colaboración

Otra cosa que no había experimentado en mi formación de seminario fue la oportunidad de dialogar y colaborar con otros: con personas no oriundas de los Estados Unidos, con mujeres, con personas de otros orígenes religiosos, y con personas dotadas de experiencia pastoral. La formación en una comunidad aislada del mundo, que en un tiempo se consideraba una ventaja, hoy puede ser una desventaja. La viña del Señor es el mundo, donde hay muchos otros que están trabajando y haciendo cosas extraordinarias. Escucharlos hablar de su fe y de su ministerio forma parte de esta experiencia educativa que estoy realizando.

He elegido vivir en una casa parroquial diocesana, no en una casa de nuestros Misioneros. No he querido vivir en casas vinculadas con instituciones académicas, sino en un lugar que reflejara la realidad que conozco mejor, que es la vida parroquial. Aquí me encuentro con la realidad de todos los días: nacimientos y muertes, presencia de niños y adultos, de feligreses e incrédulos, de enfermos y sanos, de santos y pecadores. Tengo pocas obligaciones sacramentales en la parroquia, las suficientes como para mantenerme activo sin sobrecargarme. La Eucaristía diaria forma parte de la vida parroquial y de mi vida personal. Mi intención es volver a una casa de la Preciosa Sangre una vez que termine mis dos años en Cambridge.

Conclusión

Ya ha pasado un año. Entre los beneficios recibidos figuran la formación, la adquisición de una perspectiva mundial, la oración, el descanso, y la posibilidad de hacer algunas lecturas y visitas que no había podido hacer cuando estaba totalmente absorbido por la vida parroquial o la enseñanza. Espero que otros miembros de nuestras provincias puedan disfrutar de lo que yo estoy viviendo. Que Dios bendiga nuestras vidas y nuestros esfuerzos.

 

 

Soñar Juntos Para Construir Juntos
Emanuel Lupi C.PP.S.

Una experiencia de formación como misionero

Creo que todos nosotros hemos vivido experiencias fuertes en nuestra vida que difícilmente podremos olvidar; por ejemplo, la muerte de un ser querido, o el día de la Ordenación para los que la han recibido. Para mí, un momento grande ha sido el día en que dejé Italia para venir a vivir un tiempo de experiencia misionera en el Perú.

Desde el momento en que entré en el Seminario Menor de Albano sentí un deseo grande de viajar al extranjero para prestar servicio en los lugares más necesitados. Siempre tuve interés por América Latina. Quizás porque hace unos años conocí a la Hna. Filomena, una religiosa franciscana con quien estaba muy relacionado. Con el pasar de los años, el deseo fue creciendo hasta que el sueño se hizo realidad.

Aprovechando el proyecto de internacionalización para los estudiantes de la Congregación, pedí al Rector del Seminario de Roma la autorización para hacer una experiencia de misión en el extranjero. La propuesta fue aceptada y presentada al Padre Provincial y al Moderador General. Los superiores me dieron el "placet" necesario, y se comenzó a buscar un país en el que pudiese hacer la experiencia. Después de algunas charlas con el P. Barry, decidió preguntar a la Misión Peruana si podía acogerme para una experiencia de intercambio. Los Hermanos de la Misión aceptaron desde el primer momento, y yo partí hacia Lima el 13 de agosto de 1997.

Tuve que empezar a estudiar el español desde el "a, b, c" porque no lo conocía. Durante el tiempo de estudios y desde las primeras visitas que hice a diversos lugares comencé a apreciar el país en el que estoy viviendo. El Perú es fantástico; creo que es la síntesis del mundo. En el mismo territorio nacional se viven realidades totalmente diferentes. Existe un Perú de la Costa, uno de la Sierra, uno de la Selva; y entre estas mismas divisiones, a veces fuertemente marcadas, se pueden hacer otras. Las divisiones geográficas favorecen, asimismo, las fuertes diferencias climáticas. En el mismo territorio se puede pasar de un riguroso frío invernal a un calor ecuatorial sofocante. De una vastísima zona desértica a una región totalmente verde. Hace poco leí que de 120 zonas ecológicas que existen en el mundo, 84 están en el Perú. Todo esto favorece una gran variedad de tradiciones, que se expresan en los cantos, las danzas y a veces también, lamentablemente, en algunos fenómenos de racismo. Por ejemplo, la triste división causada por el color de la piel. Todo esto influye también en la pastoral.

La Misión Peruana

Actualmente la Misión Peruana cuenta con cinco comunidades. Dos son centros de formación para aspirantes y seminaristas; las otras tres son parroquias. Una está en Comas, Lima. Tiene una parroquia central, "Nuestra Señora de la Luz", y 11 comunidades de base , cada una con su capilla. Otra casa está en San Borja, también en Lima; es sede parroquial y se llama "San Francisco de Borja". Al lado de la iglesia parroquial está la escuela, que lleva el mismo nombre de la parroquia. El territorio es bastante grande, y el complejo empezó a construirse antes de que surgiese el barrio, cuando todavía todo era campo. Actualmente es la casa central de la Misión. La tercera comunidad se encuentra en la Sierra central, en La Oroya. Los hermanos atienden pastoralmente toda una provincia. El territorio es enorme; se necesitan varias horas para pasar de un sector a otro. Tiene alrededor de 44 pueblos, y el centro principal es la parroquia de "Cristo Rey". La comunidad de La Oroya es la "madre" de la Misión Peruana, que data desde 1962 cuando el P. Pablo Buehler, que ya había trabajado varios años en Chile, vino para fundar en el Perú.

Mi trabajo en el Colegio San Borja

Desde que llegué al Perú tuve la posibilidad de vivir durante períodos cortos en las diferentes parroquias. Desde el mes de marzo estoy viviendo y trabajando en la comunidad de San Borja. Somos tres en la casa: el P. Ernesto Ranly, Director de la Misión y párroco; el P. Pablo Buehler, vicepárroco; y yo, que estoy ayudando en el Colegio "San Francisco de Borja" como director espiritual y profesor de Religión. La tarea pastoral me insume prácticamente la mayor parte del tiempo, pero me permite respetar también los tiempos sagrados de la vida comunitaria. Además de las oraciones comunitarias de la mañana, tenemos el momento importante de las comidas durante las cuales podemos compartir las experiencias del trabajo. A veces, si los compromisos de la parroquia lo permiten, nos reunimos también por la noche, para conversar o mirar una película. Para mí estos momentos son importantísimos, ya que puedo compartir experiencias o aclarar dudas con los hermanos mayores. Puedo recibir lecciones de vida de quienes saben mucho más que yo. A veces el P. Pablo me cuenta partes de la historia de la Misión, lo cual me ayuda a conocer cada vez más la comunidad en la que estoy viviendo. Estoy de acuerdo con los que dicen que el tiempo de la formación no termina cuando se sale del Seminario. Es un proceso largo en el que cada día vamos creciendo y madurando. En los años pasados en Albano y en Roma he podido recibir las bases, las teorías, pero el verdadero examen lo estoy dando ahora. Vivir todos los días en una comunidad, trabajar hombro a hombro con personas que tal vez no conocíamos antes pero que ahora llamamos "hermanos". Quizás extranjeros, pero que hablamos el mismo idioma de la espiritualidad y el carisma, que nos mantiene unidos y nos hace sentir "una sola cosa".

El trabajo en el Colegio me ha ayudado a entrar en el complejo mundo de la educación. Decía un viejo profesor que el educador es un "co-creador", que continúa el trabajo comenzado por el Creador por excelencia. Como animador espiritual (asesor espiritual), no sólo ayudo o presido las liturgias que marcan los momentos fuertes de la vida del Colegio, sino que también acompaño a los alumnos en el difícil camino del crecimiento humano y espiritual. A veces ser formador, y no un simple educador, es un gran desafío. El objetivo es ayudar a que el Colegio sea un "Colegio que evangeliza", en el cual se pueda respirar siempre el aire de la novedad y de la unión en la Sangre de Cristo. Por este motivo se están promoviendo muchas actividades tendientes a fomentar la evangelización mutua y de las diferentes realidades que encontramos en las misiones que realizamos semanalmente. En el Colegio tenemos un grupo de oración y un grupo grande de "Infancia Misionera". Casi todos los fines de semana vamos a visitar un orfanato con los alumnos de los primeros años de la escuela secundaria. Con los más grandes visitamos una cárcel de mujeres y realizamos experiencias de más de un día en un centro de acogida para enfermos de SIDA. Estas actividades las desarrollamos en Lima. Pero desde hace un tiempo estamos pensando en la posibilidad de salir un poco, y comenzar a visitar los pueblos de la Sierra central. Por eso, con un pequeño grupo de alumnos hemos ido cuatro días a compartir la misión con los hermanos que trabajan en esa zona.

Veo cada vez más que en los jóvenes con quienes estoy trabajando existe un deseo creciente de conocer a Cristo y, lo que es más hermoso todavía, de anunciarlo. A veces pienso que estoy dando, pero me doy cuenta que el primero en recibir soy yo. Es para mí una satisfacción grande ver que tarde o temprano los esfuerzos van dando sus resultados. A veces las cosas no salen como uno quisiera, pero lo importante es saber encontrar el lado positivo incluso en las pequeñas desilusiones.

Conclusión

Creo que esta experiencia me está marcando bastante, y que me será imposible olvidarla. Sé bien que cuando termine el tiempo que se me ha regalado tendré que volver a Italia, pero sé también que una gran parte de mí quedará en el Perú, entre aquéllos que me han acompañado y han creído en mí. La experiencia me está ayudando a sentirme cada vez más parte de la Familia. No conozco a muchos hermanos, y a muchos, quizás, no los conoceré nunca, pero los siento como una parte importante de mí. El venir al Perú me ha ayudado, entre otras cosas, a saber que, incluso siendo de culturas diferentes, podemos ofrecer el mismo mensaje en las distintas situaciones en las vivimos.

Quiero agradecer a los hermanos de la Misión Peruana que desde el primer momento de mi llegada me han hecho sentir en casa, me han acompañado y ayudado en todos los momentos de mi experiencia. Agradezco al P. Barry y a los Superiores de mi provincia de origen, la Provincia italiana, que han tenido confianza en mí y me han acompañado a pesar de la evidente lejanía geográfica.

Espero que más de uno pueda hacer este tipo de experiencia, para crear un diálogo cada vez mayor y real entre los miembros de las diversas provincias: para hacer que los sueños se hagan realidad, porque cuando se sueña juntos se puede construir verdaderamente algo grande.