
| La
Sangre de la Reconciliación por Barry Fischer, C.PP.S. |
| La
Reconciliación en el Carisma y la Espiritualidad C.PP.S. por Robert Schreiter, C.PP.S. |
| Historias
de Reconciliación por Alan Hartway, C.PP.S. |
| Reconciliación
y Justicia Social
por Gennaro Cespites, C.PP.S. |
| La
Reconciliación en una Parroquia por Antonio Baus, C.PP.S. |
|
Formación
de una Comunidad de Reconciliación |
La
Sangre de la Reconciliación
Barry Fischer, C.PP.S.
En 1985, la Iglesia de Chile celebraba el "Año de la Reconciliación" para sanar las muchas heridas que quedaban todavía abiertas y seguían ulcerando tras varios años de convulsiones sociales y políticas. En esa época yo era Rector de la Escuela San Gaspar y miembro del equipo arquidiocesano para la coordinación de las escuelas católicas de la arquidiócesis. Fui invitado a formar parte del Comité Coordinador que estaba preparando las actividades del año. Me acuerdo de una de las reuniones de planificación en la que el Vicario General me miró y me dijo: "Barry, Ud., como misionero de la Preciosa Sangre, puede ayudarnos a entender lo que significa reconciliación!" Nos dimos cuenta enseguida que no se trataba de un concepto fácil de entender sino, por contrario, muy difícil de interpretar. Reconciliación es uno de los aspectos de la misión de la Iglesia que está suscitando cada vez más atención en el mundo actual. Y la Sangre derramada por Cristo para reconciliar todo en su persona (cf. Col 1, 19-20) está en el corazón mismo de la espiritualidad de la sangre.
¿Qué significa reconciliación? Todavía hoy sigo buscando una definición. Hay demasiadas interpretaciones falsas dando vueltas. Muchas veces las personas que han sufrido durante mucho tiempo por los disturbios sociales y la violencia piden desesperados que se imponga la paz, con el fin conseguir algo de seguridad para ellos mismos. Pero, ¿es posible conquistar la paz verdadera sólo mediante la eliminación de los opositores y delincuentes? ¿La reconciliación que Cristo logró con su sangre se reduce a una paz de cementerio? ¿Se trata de "olvidar" y conceder amnistías generales para exonerar a los opresores de todos los crímenes cometidos contra la humanidad? ¿La paz se reduce a la firma de una tregua entre países beligerantes o tribus feudales, que quizás suspende las hostilidades pero no hace nada para resolver las injusticias subyacentes que son las que provocaron los conflictos? Seguramente, no. Pero, entonces, ¿qué significa reconciliación?
Quizás una de las mejores maneras para entender la reconciliación y su dinámica es pensar que consiste en lograr que entre las personas y las cosas se establezca una relación auténtica. El pecado, ya sea personal, social o institucional, ha causado estragos en la humanidad, distorsionando, obstruyendo, y a menudo destruyendo las relaciones auténticas que Dios quiere para nuestro mundo. Esta interpretación de la reconciliación la debemos considerar en distintos niveles:
· personal, en el que recuperamos una relación apropiada con Dios;
· comunitario, en el que restablecemos relaciones auténticas con los demás;
· social, en el que promovemos relaciones auténticas entre los pueblos, las razas, las sociedades;
· ambiental, en el que se recuperan las relaciones auténticas y respetuosas con nuestra madre tierra.
O como se lee en la epístola a los efesios: "Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estábais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz; el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad." (2, 13-14)
El mismo símbolo de la cruz expresa gráficamente esta reconciliación. El palo vertical de la cruz se eleva desde la tierra hacia el cielo, mostrando que la humanidad se halla nuevamente en relación con el Padre y con sus hijos e hijas. El horizontal, que sostiene los brazos abiertos de Cristo, nos habla de una humanidad reconciliada en la que llegamos a ser una sola cosa con los demás, reconociendo nuestra condición de hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre. De esta manera mediante Cristo, que hizo la paz mediante la sangre de su cruz (Col 1, 19-20), se restaura la armonía original entre Dios y los seres humanos, y entre todos los pueblos. Nuestras relaciones han sido redimidas.
Reconciliación en la verdad
Sólo podremos dar paz si hemos recibido en nuestra propia vida la paz profunda y la reconciliación en la sangre de Cristo. Una parte importante del proceso de reconciliación personal consiste en aceptar la verdad acerca de nosotros mismos. Y la verdad es ésta: "en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación" (2 Cor 5, 19).
Muchos de nosotros hemos caído en la trampa de Satanás. Aceptamos sus mentiras como si fueran verdades. Junto con la mayor parte de la humanidad contemporánea creemos que la verdad de nuestra identidad consiste en el éxito o la popularidad, cuando en realidad el espíritu competitivo genera tantos sufrimientos e injusticias en el mundo. Puede inocular sigilosamente su ponzoña en nuestros corazones y en nuestras relaciones dentro de la vida religiosa. ¡Jesús ha venido para desenmascarar la mentira! Nos enseña que la verdad de nuestra identidad no se encuentra en nada de eso, sino en el infinito amor con que Dios nos ama.
El Papa Juan Pablo II habló de esto hace algunos años en una visita al Brasil: "La Preciosa Sangre de Cristo nos aporta la mayor de las alegrías, la de saber que Dios nos ama!". ¡Cuánta paz y alegría nos depara esta verdad! Cada uno de nosotros debe aceptar primero esta verdad sorprendente para poder ser mensajeros y testigos del amor y la reconciliación que Dios reserva a los demás: "Sabed que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin tacha y sin mancha" (1 Pe 1, 18-19).
Somos hijos e hijas de Dios, somos de linaje real. No deberíamos resignarnos a vivir de otra manera. Esto es lo que Jesús vino a enseñarnos: la verdad acerca de nuestra condición humana! Vino para inaugurar una Nueva Creación, y nos llama para construir ese mundo nuevo con él y en su Espíritu. Jesús vino para reconciliarnos en la Verdad.
Embajadores de reconciliación
Una vez descubierta y aceptada esta verdad, estamos en condiciones de aceptar el llamado a ser embajadores de reconciliación. "En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo...poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: reconciliáos con Dios" (2 Cor 5, 20). Es el "llamado de la sangre" que se dirige a todos nosotros, cualquiera sea nuestro ministerio o nuestra edad. Todos estamos llamados a ser embajadores de reconciliación, tanto los que trabajan en apostolados activos como los que se ven obligados a permanecer en nuestras casas por problemas de salud, edad, u otras responsabilidades. Pertenecemos a una humanidad quebrantada que necesita la sanación. Estamos llamados y enviados a llevar a todas las personas con las que nos encontramos el amor compasivo de Cristo que ha redimido en su sangre a todos los pueblos. Dispensando una atención especial a aquéllos a los que el Señor mismo ha elegido como sus privilegiados: los que la sociedad rechaza o margina, por prejuicios, celos y odios.
No necesitamos elaborar programas para ejercer nuestro ministerio de reconciliación. Es algo que cada uno de nosotros puede hacer si tenemos nuestro corazón predipuesto. Todos podemos, con nuestras actitudes y gestos sencillos, anunciar la verdad proclamada en el salmo 72, 12-14: "Porque él liberará al pobre suplicante, al desdichado y al que nadie ampara; se apiadará del débil y del pobre, el alma de los pobres salvará. De la opresión, de la violencia, rescatará su alma, su sangre será preciosa ante sus ojos."
En la presente edición de El Cáliz, varios misioneros nos ofrecen sus puntos de vista acerca de la reconciliación. El P. Robert Schreiter comienza considerando el lugar de la reconciliación en nuestro carisma y espiritualidad. El P. Alan Hartway comparte algunas historias de reconciliación vividas como párroco de Garden City, Kansas, USA. Historias tomadas de la vida diaria parroquial y de un contexto pluricultural, que seguramente contribuirán al descubrimiento de las numerosas formas en que se presenta el llamado a ser embajadores de reconciliación en nuestro ministerio de todos los días.
El P. Gennaro Cespites escribe acerca de la reconciliación y la justicia social en la vida y obra de nuestro Fundador, San Gaspar. Señala que al abordar los problemas sociales de su tiempo, Gaspar descubrió que la causa subyacente de la injusticia social era de orden moral y que, por lo tanto, se resolvía con la conversión del corazón.
El P. Antonio Baus habla con franqueza de su experiencia en una extensa parroquia urbana de Santiago de Chile, comunidad afligida por conflictos tanto sociales como internos. El llamado a la reconciliación ha significado para él y el equipo pastoral el compromiso de afrontar la verdad de los hechos, con el apoyo de la espiritualidad de la sangre.
Y, por último, el P. Rosario Pacillo, párroco de la Parroquia de San Felipe Neri en Putignano, Italia, nos comparte la experiencia de su parroquia que ha puesto en el centro de su actividad pastoral la rehabilitación de los jóvenes drogadictos. Toda la parroquia está empeñada, de una u otra forma, en ayudar a los jóvenes a reconciliarse consigo mismos y con Dios, y con la Iglesia y la sociedad. Un ejemplo verdaderamente impactante de cómo se puede responder creativamente a nuestra vocación misionera en el contexto de una parroquia.
Estas reflexiones,
si bien profundas, no son más que un asomarse al mundo de posibilidades
que presenta la compleja y desafiante tarea de la reconciliación. Con
la esperanza de que sirvan para despertar nuestra imaginación y creatividad
en nuestras tareas diarias, conscientes cada vez más de nuestro llamado
a ser embajadores de reconciliación, motivados por la espiritualidad
de la Preciosa Sangre.
La
Reconciliación en el Carisma y la Espiritualidad C.PP.S.
Robert Schreiter, C.PP.S.
Reconciliación en nuestro mundo actual
A medida que va llegando a su término el siglo XX, el tema de la reconciliación se presenta cada vez con más frecuencia. Los organismos de socorro señalan que desde el final de la Guerra Fría, el número de las catástrofes para las que se ha solicitado su intervención se ha quintuplicado. Antes de mediados de los años ochenta, se trataba casi siempre de catástrofes naturales, mientras que actualmente son casi todas causadas por el hombre, como los conflictos étnicos y las guerras. Caritas Internationalis, la organización que agrupa los organismos de socorro de la iglesia católica, ha hecho de la reconciliación su tema de reflexión para el cuatrienio en curso.
En muchos países, para restringirnos a los lugares donde está la C.PP.S., han terminado las dictaduras, las guerras civiles y el terrorismo. Piénsese en Chile, Perú, Guatemala, Croacia, y Polonia. En la India, en cambio, continúan las amenazas de disturbios comunitarios, y en el Brasil la violencia contra los indígenas es un problema aun sin resolver. La fragmentación de la vida en muchas sociedades, así como los conflictos sociales que surgen a raíz de las tensiones étnicas en Europa y América del Norte, urgen la búsqueda de caminos de encuentro para sanar las viejas heridas. El Papa Juan Pablo II tomó la reconciliación como tema del discurso pronunciado el Día Mundial de la Paz de 1997, y la considera un factor clave para una evangelización más profunda.
Todas estas situaciones representan el "grito de la sangre" en el mundo actual. Como misioneros de la Sangre de Cristo, tenemos que considerar especialmente lo que nuestro carisma y espiritualidad pueden ofrecer en estas situaciones que exigen reconciliación.
Reconciliación en la Biblia
Para entender lo que nuestro carisma y espiritualidad podrían aportar a la reconciliación en el mundo actual, vale la pena resumir la enseñanza bíblica sobre la reconciliación. El término aparece sólo 14 veces en la Biblia, y después en los escritos de Pablo. Por supuesto que hay también muchas historias bíblicas de reconciliación en ambos Testamentos, tales como la de José y sus hermanos (Gn 45, 4-6) y la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32). Podríamos sintetizar la enseñanza en cinco puntos:
- En primer lugar, la reconciliación es siempre una obra de Dios, quien comienza y culmina la obra en Cristo. Como en muchas de las historias que se narran en los artículos de la presente edición de La Copa, nosotros nos limitamos a estar presentes y a ser testigos de lo que Dios hace en la obra de la reconciliación.
- En segundo término, porque se trata de una obra de Dios y nosotros no somos más que "embajadores de Cristo" (2 Cor 5, 20); para nosotros la obra de la reconciliación es más una espiritualidad que una estrategia. Lo único que podemos hacer es crear un ambiente favorable para la intervención de Dios.
- La experiencia de la reconcilación convierte tanto a la víctima como al malhechor en una nueva creación (2 Cor 5, 17). El sentido común nos lleva a pensar que la reconciliación es posible cuando el malhechor se arrepiente. Pero de hecho, entendida bíblicamente, empieza cuando Dios sana a la víctima, restaurando su humanidad dañada. La víctima restaurada y reconciliada se transforma en el agente que Dios utiliza para dar lugar a una reconciliación de mayor alcance. Ahora bien, la restauración o reconciliación de Dios no consiste en volver al estado anterior. La víctima se transforma, más bien, en una nueva creación, situada en un lugar nuevo y con una nueva misión como embajadora de la reconciliación.
- En cuarto lugar, el proceso de reconciliación que crea esta humanidad restaurada consiste en la pasión, muerte, y resurrección de Cristo. Hemos sido sanados mediante la sangre de la cruz (Col 1, 20). Así como Dios devuelve la vida a Jesús, víctima inocente, en la resurrección, así nos rescatará a nosotros.
- Por último, la reconciliación entendida de esta manera revela lo difícil que es y cuánto cuesta realmente. La reconciliación plena se produce sólo cuando todas las cosas serán reconciliadas en Cristo (Col 1, 20).
La reconciliación es una de las formas más importantes que nos ofrece la Biblia para hablar sobre la acción de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo, y que actualmente reviste una connotación especial.
La reconciliación y nuestro carisma
De conformidad con nuestros textos normativos, el centro del trabajo apostólico que nos confió San Gaspar es el ministerio de la Palabra. Tenemos que llevar la Palabra de Dios dondequiera que haga falta y de forma inteligible. Esta es nuestra manera de participar en el poder creador y redentor de la Palabra de Dios.
La reconciliación está fundamentalmente vinculada a la palabra. Es la palabra del perdón pronunciada en el sacramento de la reconciliación que sana nuestra relación con Dios. Y como en las historias que se narran en los artículos de los PP. Hartway y Pacillo, el narrar la historia de lo que nos ha sucedido nos permite trascender el poder que las historias pueden ejercer sobre nuestra vida. En la predicación tenemos la oportunidad de descubrir la palabra que Dios tiene para nosotros. Este es el motivo por el que San Gaspar consideraba tan importante la enseñanza religiosa para el pueblo de Sonnino, como lo señala el artículo del P. Gennaro Cespites. Las palabras son palabras de vida, que nos transportan a un lugar nuevo y a una nueva creación.
Puesto que nuestro carisma está estrechamente vinculado con el poder renovador de la palabra, en nuestra época debería ser primordialmente un ministerio de reconciliación. Como ya se dijo, muchas de las zonas en las que trabajan los misioneros C.PP.S están saliendo de largos períodos de graves conflictos. Otras están experimentando la fragmentación de una sociedad pluralista y de un mundo en rápida transformación. La palabra de reconciliación es la que necesitamos escuchar hoy.
La reconciliación y nuestra espiritualidad
Si la reconciliación es más una espiritualidad que una estrategia, ¿cómo se manifiesta en nuestra espiritualidad? El pasaje bíblico clásico para nuestra espiritualidad se encuentra en Efesios 2, 13: "Vosotros, los que en otro tiempo estábais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo". O sea, los que se consideraban extranjeros y excluidos, son reintegrados. Gracias a la sangre de una víctima inocente.
Creo que fue el P. Beniamino Conti quien por primera vez en 1992 insistió en la centralidad del tema de la reconciliación en nuestra espiritualidad. Sus palabras encuentran en la actualidad un cumplimiento cabal. La sangre de Cristo es la fuente de nuestra paz (Col 1, 20; cf. Ef 2, 14), y cuando proclamamos el amor que Dios nos ha manifestado en la sangre derramada de Cristo estamos proclamando la palabra de la reconciliación. Pero, en concreto, ¿en qué consiste una vida consagrada a la reconciliación? Los testimonios de reconciliación que aparecen en la presente edición de La Copa me sugieren las siguientes ideas.
La reconciliación comienza ofreciendo a las víctimas una zona de seguridad y hospitalidad. Deberíamos crear en nuestras casas de misión, parroquias, y escuelas, lugares donde las víctimas pueden venir para examinar sus heridas. El proceso de reconciliación puede comenzar cuando se dispone de lugares como éstos. Como puede verse en el artículo del P. Rosario, la creación de zonas como éstas puede resultar un elemento de transformación no sólo para la víctima sino también para todos los que llevan seguridad y hospitalidad a otros.
Segundo, una espiritualidad de reconciliación requiere un acompañamiento paciente de las víctimas. La historia presentada por el P. Antonio Baus, de una parroquia desgarrada por años de dictadura y opresión y, después, por el escándalo de la doble vida de su párroco, demuestra lo importante - y difícil - que es dar este paso. Muchas veces nos gustaría que Dios actuara más rápidamente pero, como nos lo recuerda el P. Hartway, Dios tiene su propio tiempo.
Tercero, la reconciliación exige un compromiso con la verdad. El pasado no puede ni olvidarse ni reprimirse. Muchas veces ha sido una sarta de mentiras que ha deteriorado a cuantos han estado en contacto con él. La injusticia no se puede ni condonar ni legitimar. Poco a poco todos tenemos que dejarnos iluminar por la verdad que emerge de las sombras de la decepción y la ilusión.
Por último, una espiritualidad de reconciliación consiste en crear comunidades de memoria y esperanza. Una comunidad de memoria no olvida su pasado, pero tampoco permite que el pasado la agobie. No podemos olvidar lo que ha sucedido, pero podemos recordarlo de una manera distinta. En esto consiste la gracia de la reconciliación. Una comunidad reconciliada no vive del pasado; mira al futuro con esperanza. Y lo hace creando las condiciones que impidan que se repitan los hechos lamentados.
Me parece que nuestro carisma exige para este momento de la historia una espiritualidad de reconciliación. Espiritualidad que proclama en voz alta que Dios sigue actuando en nuestro mundo, en medio de las desgarradoras realidades del mal que muchas veces nos rodea. Para nosotros, los misioneros de la sangre de Cristo, es por aquí por donde pasa el "llamado de la sangre".
Historia
de Reconciliación
Alan Hartway, C.PP.S.
La reconciliación en la vida parroquial no es una de las actividades programadas. Es, más bien, una actitud, un estar abiertos y disponibles. Algunos tienen un don o un sentido especial para la reconciliación. En mi experiencia, la reconciliación no consistía en multiplicar las palabras, las propuestas o las ideas, sino más bien en escuchar a la gente, con dignidad y respeto, y ayudarla a descubrir en sus relatos un significado, una identidad, y una seguridad.
Durante los nueve años en que fui párroco en la Parroquia de St. Mary's en Garden City, Kansas, tuve la gracia de participar en muchas historias de reconciliación que recuerdo como manifestaciones de gracia y sabiduría. En cada una experimenté el amor de Dios por la gente, que tantas veces se ve rechazada por los poderes de nuestra sociedad y cultura. Sí, el carisma de la reconciliación tiene que ver con la gracia y la sabiduría. En cada hecho de reconciliación pude comprobar lo poco que sé y lo mucho que tengo que aprender. Pude darme cuenta de todo lo que no se debía a mi intervención sino que procedía directamente del poder y la presencia de Dios, que actúa en nuestra vida para construir una comunidad de fe y esperanza.
Quisiera compartir cuatro historias de reconciliación que tuvieron lugar en Garden City. En todas se trata de comunidades en las que conviven diversas culturas, porque me parece que, al menos en la sociedad norteamericana, éste es el aspecto que más necesita reconciliación.
Reconciliación y relaciones raciales
Al final de los años ochenta, se eligió a Garden City como lugar para estudiar las relaciones raciales. Se trata de una comunidad de alrededor de 30 000 habitantes, situada en una zona aislada del oeste de los Estados Unidos. La industria principal del lugar es la producción de carne, para la que se sacrifican 8 000 reses cada día. Debido al muy bajo nivel de desempleo, de muchos países venía gente a vivir aquí. En nuestra parroquia, una de las dos parroquias católicas de la ciudad, había una docena de grupos lingüísticos y culturales diferentes. El más numeroso era el latino, en su mayor parte de México, aunque parecía que estaban representados casi todos los países latinoamericanos. La Fundación Ford, que conducía el estudio sobre las relaciones raciales, mandó tres antropólogos a nuestra comunidad para que nos estudiaran. Nos preguntaron qué hacíamos para que las relaciones entre las diversas razas fuera armónica, y qué pasaba cuando se producían tensiones. Nuestra parroquia era uno de los puntos de convergencia, porque allí se reunían muchos grupos diferentes para el culto y otras actividades parroquiales.
Durante ese tiempo, se contrataban árbitros federales para trabajar con el departamento de policía y con la comunidad mexicana y méxico-americana. Después que se cerraban las tabernas a las 2 de la mañana, se hacían redadas en las que se arrestaban a numerosos latinos. Se cometían muchos excesos. Hacía falta, indudablemente, una mayor comprensión entre la cultura blanca dominante, representada por la fuerza policial, y las culturas mexicanas.
La estrategia utilizada consistió en hacer reuniones en lugares seguros para mejorar la calidad de las comunicaciones entre los dos grupos. Uno de los lugares elegidos fue la sala de reuniones de la parroquia de St. Mary's. Un domingo a la tarde se reunieron todos los grupos. Los árbitros invitaron a la gente a narrar sus historias. Fue como abrir una compuerta. Después de una hora, más o menos, el jefe de policía empezó a hacer señas con su reloj como indicando que la cosa se iba haciendo demasiado larga. Irene, una de las más ancianas de la comunidad latina, se incorporó y dirigiéndose a él lo apostrofó diciendo: "Ese es el problema. Tenemos un sentido del tiempo diferente, porque venimos de culturas diferentes." El jefe de policía respondió: "Hace más de una hora que estamos acá, ¿cuántas otras historias tenemos que escuchar todavía? Irene repuso: "Todas". El jefe: "Si todas son iguales". Irene: "No es verdad. Cada historia corresponde a personas distintas, por eso hay que escucharlas todas".
Un diálogo inolvidable. ¡Cuánta sabiduría en las palabras de esa anciana de nuestra parroquia! En el marco de la reconciliación, se debe escuchar y prestará atención a cada una de las historias. Cada persona debe saber que es importante. En las otras reuniones que se hicieron entre la policía y la comunidad latina lo principal fue compartir historias, aprender a escuchar las historias desde otro punto de vista y sin prejuicios, y compartir las diferencias culturales. Mi función como párroco consistía simplemente en estar presente, ya que ello daba a la gente la garantía de que estaban en un lugar seguro y de que lo que estaban haciendo era algo sagrado e importante. La obra de la reconciliación consistía en la interacción que se establecía entre los diversos grupos y su apertura para escucharse recíprocamente. En cierto sentido, el jefe de policía tenía razón: era una empresa larga y paciente. Pero también Irene tenía razón: era una labor que valía la pena hacer y a la cual valía la pena dedicar tiempo. La reconciliación exige tiempo. Y el tiempo pertenece a Dios.
Reconciliación entre familias
En noviembre de 1992, un alumno de secundaria murió en un accidente automovilístico volviendo de un acontecimiento deportivo. Iba manejando otro joven cuando, muy de madrugada, se llevaron por delante una curva que le costó la vida al acompañante, que iba durmiendo, quien murió en el acto. Un joven que gozaba de mucha popularidad, que trabajaba como catequista voluntario en la escuela primaria de la parroquia. Unico hijo varón de una pareja méxicoamericana, también ellos muy comprometidos en la parroquia y en la comunidad. Tenían, además, otra hija. La muerte fué una tremenda pérdida para el matrimonio, especialmente para el esposo. El joven que estaba al volante era vietnamita, adoptado como hijo único de una pareja americana no católica.
Varias semanas después del funeral en el que participó muchísima gente, los padres del joven fallecido vinieron a verme, y me pidieron que organizara un encuentro con el joven que conducía y sus padres. Vivían en el mismo pueblo vecino, pero ahora sus relaciones se habían vuelto difíciles, y sus silencios se habían vuelto insoportables. El esposo confesó, además, que estaba muy disgustado con el joven que, según él, "había matado a su hijo". Con mucho temor por lo que podía pasar, y después de pensarlo bastante tiempo, acepté colaborar. Me reuní varias veces con el matrimonio que había perdido el hijo, y una vez con la otra familia.
Terminamos organizando una reunión en la casa de los padres del joven fallecido. Muchas lágrimas corrieron mientras se evocaban una y otra vez los detalles del accidente de aquella noche. Todos trataban de entender y encontrar un sentido a esa desgracia que les había cambiado la vida, y usaban casi las mismas palabras para describirla. Yo me limitaba a hacer preguntas aclaratorias, y a invitarles a hablar cuando quedaban en silencio.
Cada uno fue expresando su dolor, su tristeza, y también su rencor. En cierto momento, el papá le dijo al joven: "Tú has matado a mi hijo, a mi único hijo". Como David cuando lloraba la muerte de Absalón. El joven le respondió: "Sé que soy responsable, lo siento. Lamento que haya perdido a su hijo. Le pido perdón". En ese instante, el papá se levantó y atravesó la sala. Tuve miedo de lo que podría hacer. Pero él se acercó al joven, y lo abrazó muy emocionado.
Estoy seguro de que ese día y en ese momento empezó la sanación. Sé también que fue un pequeño paso hacia la reconciliación, que necesitará todavía muchos más años. Pero fue el comienzo, un comienzo que se produjo por la gracia de Dios.
Reconciliación y violencia
En 1990, tras una serie de muertes violentas de feligreses, un grupo de personas (entre ellas, la familia de la última de las víctimas) vino a verme como párroco. Querían hacer algo para resolver el problema de la tenencia de armas en la comunidad. Consideraban que la Iglesia tenía que adoptar una posición ante el problema. Hablamos primero con el Consejo latino de la parroquia y después con el Consejo Pastoral. Elaboramos un plan. Yo predicaría una serie de homilías sobre los efectos de la violencia en nuestra cultura, que se terminaría con una invitación a la gente para que depositara sus armas ante el altar. La segunda parte del plan era invitar en todas las misas del 1º de noviembre a firmar una declaración que se presentaría en el ofertorio de cada misa y en la que se diría: "En esta navidad me comprometo a comprar para mis hijos regalos no violentos, y a hablarles de Jesús, el Príncipe de la Paz".
La segunda parte del plan tuvo una gran acogida. A la primera respondieron pocos. No se entregaron las armas durante la misa. Algunas se consignaron en privado, y fueron posteriormente entregadas a la policía para su destrucción. Pero la iniciativa sirvió para suscitar un gran debate en toda la comunidad acerca de la violencia en nuestras vidas, y de nuestra responsabilidad para frenarla.
Una vez más, lo más importante fue el narrar historias en las que se recordaban y honraban a las víctimas. Sirvió para que todos entendieran que podían hacer algo. Muchos me criticaron durante esta "campaña". También corrí riesgos de parte de la Asociación nacional de armas de fuego, que me amenazó. Fui criticado, además, por los colegas, uno de los cuales me dijo que siempre dormía con un arma. La reconciliación depende de los riesgos que estamos dispuestos a correr por lo que consideramos importante.
La reconciliación y las otras religiones
Entre los hombres que trabajaban en las compañías productoras de carne había cinco jóvenes musulmanes de Africa. Trabajaban junto con latinos, de quienes se hicieron amigos y con quienes se divertían juntos. Hasta venían juntos a misa los domingos. Uno de los feligreses me vino a ver muy preocupado por esto, porque pensaba que no siendo cristianos no tenían por qué venir a la parroquia, y quería saber qué era lo que yo pensaba hacer. Mi respuesta fue: "Darles también a ellos el saludo de la paz". Con el tiempo, dos de ellos se convirtieron, porque habían experimentado nuestra hospitalidad y habían encontrado un hogar entre nosotros. A veces es así de sencillo el reunir a la gente y reconciliar sus diferencias.
San Gaspar y la reconciliación
En tiempos de San Gaspar, había un tremendo abismo entre la cultura de la ciudad de Roma y la de la gente que vivían en la clandestinidad en los montes cercanos a Roma. En ambos grupos había violencia... Gaspar fue capaz de descubir con precisión el problema y analizarlo en profundidad. Y tuvo también el valor de hacer algo para resolverlo. Fue capaz de salirse de su propia cultura y entrar en la cultura del otro con compasión y comprensión. Capaz de escuchar sus historias, y asignarles dignidad y respeto. De invitarlos a convertirse en nuevas creaturas. Les infundía esperanza y los acogía con hospitalidad, facilitándoles un lugar en el que podía nacer para ellos un mundo nuevo.
Podríamos decir que éste es el carisma de la Preciosa Sangre: leer los signos de los tiempos, descubrir las posibilidades de acción, responder y comprometer a otros en nuestra actividad, y tener el valor de empeñarnos en acciones riesgosas con nuestra presencia y participación. La reconciliación, lo sabemos, pertenece al ámbito de la gracia y del amor de Dios por nosotros y son, precisamente, esta gracia y este amor los que nos urgen a realizar dicho ministerio.
Reconciliación
y Justicia Social
Gennaro Cespites, C.PP.S.
Cuando se habla de reconciliación y justicia social, especialmente en tiempos de San Gaspar y el Venerable Juan Merlini, surge automáticamente la cuestión de la criminalidad y los delincuentes, por cuya redención nuestros dos santos misioneros trabajaron y sufrieron tanto. La criminalidad no era el aspecto más grave de la vida política y social de los Estados Pontificios, pero sí el más impactante e inquietante, y severo el juicio de Gaspar sobre la eficacia de los Estados Pontificios para contrarrestarla (cf. Epistolario III (1824--25), 337-353.
La clase política que estaba entonces en el poder era corrupta y no perseguía otro objetivo más que su propio lucro. El uso brutal de la fuerza, la falta de equidad en distribución de los ingresos, y el laxismo del clero exasperaban la oposición al gobierno, que se traducía en formas fuertemente anticlericales e irreverentes. A los amigos seriamente comprometidos en política Gaspar les proponía algunas soluciones que podían sonar a neofeudalismo. Pero la preocupación principal de Gaspar no eran las "soluciones políticas". Su ministerio sacerdotal y misionero -- junto con el de sus compañeros en el ministerio, sobre todo el Venerable Merlini -- era totalmente apolítico, en el sentido de que su única motivación y pasión era anunciar el mensaje de salvación a todos, cualquiera fuera su contexto social, cultural y político. Era apolítico, pero no ajeno a la realidad; apostólico, pero no inhumano. Todo estaba orientado hacia el cielo, pero no desligado de los acontecimientos que se desarrollaban en el mundo en que vivía.
En septiembre de 1824 escribe en una carta al Cardenal Cristaldi:
Quisiera pedirle, además, que obtenga del Santo Padre la eliminación de la práctica abusiva de la decapitación y la mutilación de los cuerpos de los condenados por la justicia. Ya es suficiente que el culpable sea juzgado con justicia; pero después, a los que se han reconciliado con Dios mediante los sacramentos se les debería permitir una sepultura cristiana. Lo que se está haciendo ahora es inhumano. En algunos lugares de esta Provincia, se podría decir que hay más calaveras colgadas de las puertas que piedras... Causa consternación encontrarse continuamente con esta práctica, que yo de ninguna manera puedo reconciliar con el espíritu de religiosa piedad hacia los difuntos. (idem, 153).
Sostenido por una fuerte conciencia apostólica, Gaspar sentía estas cosas muy profundamente en esa "frontera" que le había encomendado directamente el Papa Pío VII. Vivió su ministerio de reconciliación atravesando todo tipo de pruebas, y con una conciencia cada vez mayor, sin la cual no hubiera podido actuar.
En otra carta dirigida a Cristaldi el 20 de junio de 1825, Gaspar denuncia las causas de la criminalidad que, en su opinión, residían en la injusticia social, la corrupción de las clases gobernantes, y la falta de orden público:
No se puede negar que en gran parte la criminalidad tenga su origen en el odio que existe entre pobres y ricos, especialmente cuando hay intereses de por medio. Quién sabe qué clase de sistema desastroso pueda haberse introducido en relación con la negociación de cereales y lo que llaman préstamos, que en realidad no lo son, de tal manera que la gente pobre, irritada por las vejaciones, lo único que piensa es en vengarse y hacer estragos. Los ricos que oprimen de esa manera a los necesitados derrochan sus ingresos en juegos, bailes, excesos y cosas por el estilo. (idem, 340).
Sugiere, por lo tanto, algunas intervenciones prácticas de orden económico para apoyar a los más pobres y necesitados, teniendo en cuenta las leyes sinodales emanadas, pero no aplicadas; "de esa forma habrá una correlacción entre las leyes exteriores y la formación piadosa y religiosa que recibirán. De esa forma, repito, se lográ extirpar de los corazones de la gente un enorme número de malas hierbas." (idem, 340).
Es muy importante subrayar el enfoque que presenta aquí Gaspar, que consiste en poner en relación las leyes exteriores con la enseñanza religiosa a los pobres, dado que el verdadero enemigo no es el error, sino la ignorancia.
Gaspar sigue adelante examinando otras situaciones que, en su opinión, habían sido la causa de que esa gente hubiera optado por el camino de la clandestinidad y la criminalidad: "La segunda causa es el hecho de que la inmunidad de la iglesia local y de los lugares sagrados se ha reducido a una pura fachada y, en el mejor de los casos, a puras palabras que no se cumplen en la realidad." De esa manera se perdía una gran oportunidad, porque la finalidad de esta institución tradicional "sería introducir, entre el crimen y la sanción, una especie de término medio que evitara la desesperación del delincuente y lo predispusiera a someterse a las autoridades, como un hijo que vuelve a los brazos de su padre. Una mezcla de amargo y dulce, se podría decir, hace que el crimen sea visto en toda su deformidad." (idem, 340).
Gaspar denuncia también el hecho de que las leyes habían tenido, en general, un efecto contraproducente. Señala que, con la escolta de la guardia civil, se pueden encontrar otras "formas para convencer al delincuente a reconciliarse con el gobierno y a aceptar un castigo que, en caso de buena conducta, podría incluso mitigarse." Lo cual liberaría también al Estado de muchas preocupaciuones y gastos. "La experiencia ha demostrado que, si bien no todos los desórdenes desaparecerían de esta manera, no se puede negar que disminuirían y que sería un modo de no aumentarlos obligándolos, por desesperación, a vivir en los montes." (idem, 340).
A esta altura Gaspar sugiere a las autoridades que emanen
un edicto conciliatorio, pero con condiciones que nadie pueda pasar por alto (cosa que no falta), incluida una invitación indirecta a los que han sido delincuentes hasta ahora a que se entreguen en manos de la Iglesia y se sometan a las sanciones que el legislador, que es también como un padre, sabrá aplicar en esos casos. Todo ello contribuirá a erradicar definitivamente esta forma de delincuencia. Se imponeuna acción firme, y elegir, entre las diversas posibilidades disponibles, la que equilibre mejor lo espiritual y eterno con el mundo temporal y exterior. Qué doloroso es enterarse de que hay pobres que están a punto de morir sin siquiera pronunciar la palabra Jesús! Y lo que está en juego aquí es el fuego eterno y las almas que han costado la Sangre de nuestro Señor! Cualesquiera sean los principios jurídicos que se tomen en consideración, lo cierto es que deberíamos examinarlos no en forma restrictiva sino en sentido amplio, o sea con misericordia, caridad, y celo por la salvación de las almas." (idem, 341).
Aquí está la clave para entender el compromiso social de Gaspar y de Juan Merlini: "el celo por la salvación de las almas".
En la práctica, ¿qué significa todo esto para un ministerio de reconciliación?
Era una decisión de combatir la falta de enseñanza religiosa, la verdadera causa de la plaga social de la criminalidad. Es por eso que Gaspar pidió que él y sus compañeros pudieran ir solos, sin escolta militar, al encuentro de los delincuentes, llevando en mente un programa claro: "No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el mismo Dios que dijo: 'Del seno de las tinieblas brille la luz', ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo." (2 Cor 4, 5-6).
Para Gaspar, ser personas de reconciliación es poseer una conciencia radical de Cristo y la conciencia de que no es algo externo a la propia vida sino la íntima verdad del propio ser. Desde esta perspectiva de fe, la respuesta a la violencia no se basa en primera instancia en consideraciones externas de leyes y ordenamiento social, porque en ese caso la respuesta a la violencia tendría que ser de orden judicial y punitivo. En cambio, si la respuesta viene del propio compromiso de "seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca" (Perfectae Caritatis, 1), será una respuesta de paz y de reconciliación sanadora.. Por lo tanto, "con el debido respeto" Gaspar dice a Mons. Benvenuti, obispo delegado de Frosinone: "si quiere erradicar definitiva y rápidamente la criminalidad, publique un decreto de clemencia." Subrayando el hecho de que las misiones de sus compañeros habían extinguido el odio entre la gente y su sed de venganza y, por lo tanto, las personas escondidas en los montes podrían volver a una vida normal si obtuvieran sanciones poco severas, quedando así resuelto el problema.
Todo lo que dice San Gaspar encuentra eco en una carta enviada por los delincuentes desde su clandestinidad en los montes "al muy estimado y reverendo P. Giovanni [Merlini]" que siempre predica las cosas de Dios y las de la tierra" con el fin de pacificar "y tranquilizar el mundo". "Los pobres delincuentes se encomiendan a la benigna caridad de su paternidad," pidiéndole que hable con el Canónigo Del Bufalo para que obtenga de Su Santidad "la publicación de un edicto de perdón." Si Gaspar está de acuerdo, tienen la firme intención de ir a Roma y presentarse con sus familiares ante el Papa para obtener el perdón.
Desafortunadamente, una erradicación rápida de la criminalidad no era del agrado de los enemigos de los Estados Pontificios, porque hubiera significado un aumento del prestigio del Papa; ni de los propios burócratas del Papa, que hubieran perdido los elevados estipendios que percibían por actividades que implicaban riesgos especiales.
La violencia de
los delincuentes, originada en la ignorancia espiritual y cultural, continuaría;
la saña de las autoridades, que hundía sus raíces en la
sed de poder y riqueza, duraría más todavía. Es la historia
de siempre, y de tanta actualidad en nuestros días.
La gran necesidad de "perdón" es el gran tema de este siglo,
considerado por otra parte un siglo "laicista". Este es el nudo no
resuelto en torno al cual giran los casos más espinosos que apasionan
a la política y cultura mundiales. Quizás se trate de una nueva
Canossa a la que este siglo "laicista" podría ir para depositar
las preocupaciones morales que no puede resolver.
La
Reconciliación en una Parroquia
Antonio
Baus, C.PP.S.
Los Misioneros de la Preciosa Sangre llegaron a Chile en 1947, y desde los primeros años se encargaron de la atención pastoral de la parroquia de San José que a través del tiempo fue adquiriendo grandes proporciones, tanto geográfica como demográficamente. Esta parroquia del extremo poniente de Santiago se caracterizaba por la pobreza y la proliferación casi incontrolada de nuevas poblaciones en sus alrededores.
Una de ellas comenzó a ser atendida a partir de los años cincuenta, hasta que el 8 de julio de 1962 se transformó en una parroquia autónoma con el título de "Nuestra Señora de la Preciosa Sangre". Desde entonces y hasta la fecha los Misioneros de la Preciosa Sangre han desempeñado su misión pastoral en medio de muchas dificultades organizativas y de equipo, al principio, y por las repercusiones de los años de dictadura y de falta de sacerdotes más tarde.
Las diversas poblaciones y villas que se fueron estableciendo reflejaban la condición de muchas familias que se avecinaban y comenzaban con mucho esfuerzo a construir sus propias casas, en condiciones laborales difíciles y sin mucha organización vecinal. A poco andar, surgieron las organizaciones poblacionales, que fueron dando cuerpo a la construcción de los barrios, intentando cubrir sus necesidades básicas, como luz, agua y alcantarillado.
En todo este proceso se fue construyendo la iglesia, no sólo en su aspecto material sino también en el sinnúmero de relaciones que se fueron estableciendo a partir de la configuración de los distintos grupos que iban naciendo alrededor de la parroquia. Sin embargo, el progreso era lento y requería mucha paciencia y dedicación.
Los Años de la Dictadura
Durante los años de la dictadura (1973 a 1989), muchos sectores de la población sufrieron a causa de los abusos cometidos. El sector de nuestra parroquia se vio particularmente afectado por persecuciones de carácter político, que se agudizaron por los efectos negativos de la recesión económica en la década de los ochenta. Todo esto no fue obstáculo para que nacieran al amparo de nuestra parroquia distintas organizaciones, que ayudaron muy concretamente a la gente a superar o sobrellevar las grandes dificultades que imponía el sistema. Algunas de ellas, junto con sus dirigentes, eran miradas con sospecha y tuvieron su cuota de sufrimiento, ya sea por la descalificación o por la persecución a que se vieron expuestos.
La presencia y animación de los Misioneros de la Preciosa Sangre fue una constante, lo cual también les trajo incomprensiones y dolor. No se puede afirmar que todas las personas de la parroquia, por vivir en un sector pobre de la parroquia, pensaran lo mismo en relación con las iniciativas del gobierno: había detractores y gente que estaba de acuerdo. Lo cual agudizaba aun más las tensiones, que repercutían sin duda en el quehacer pastoral.
Un Nuevo Desafío Pastoral
A principios de 1994, el director del Vicariato me pidió que asumiera como Vicario parroquial de Nuestra Señora de la Preciosa Sangre, en espera del nuevo párroco que llegaría en los próximos meses para reemplazar al anterior que lo había sido en los últimos trece años. Desde el inicio nos dimos cuenta de que la comunidad local no nos miraba con buenos ojos. Nuestro estilo pastoral suscitaba muchos comentarios y desaprobaciones. Al principio mantuvimos una actitud de serenidad, sabiendo que para la gente era muy difícil aceptar un cambio en la conducción pastoral, especialmente teniendo en cuenta que el párroco anterior había trabajado trece años con mucha dedicación, y en particular durante algunos de los años duros de la dictadura, como ya señalé anteriormente.
Nuestras primeras palabras a la gente fueron de gran estima y reconocimiento por la labor realizada por nuestro antecesor. Con sinceridad dábamos gracias a Dios porque se valorizaba tanto el trabajo de uno de nuestros hermanos de Congregación. Las tensiones, sin embargo, continuaban, sin que entendiéramos la razón de tanta desconfianza. Después de casi medio año, nos enteramos por fuentes bien informadas de una acusación de infidelidad a la promesa del celibato que pesaba sobre nuestro predecesor. Al principio no podíamos creer tales aseveraciones. Especialmente porque el hermano sacerdote en cuestión merecía todo nuestro respeto y consideración. Lamentablemente tropezamos con la realidad de los hechos que indicaban la veracidad de las acusaciones, las cuales en definitiva comprometían su libertad y disponibilidad absoluta para el ministerio como miembro de la Congregación. Por ese mismo tiempo, el Vicariato estaba experimentando una grave falta de sacerdotes, que nos colocaba en la disyuntiva de devolver a la administración diocesana una de nuestras dos parroquias en Santiago. El Vicariato decidió quedarse con "Nuestra Señora de la Preciosa Sangre".
Personalmente, en ese momento me hice la siguiente reflexión: ¿dónde están las heridas?, ¿dónde está la sangre derramada?, ¿dónde se podría vivir mejor nuestra espiritualidad? Esta reflexión constituyó la respuesta y la motivación personal para todos estos años hasta la fecha.
Lecciones Para Reconciliación
El camino a través de estos casi cinco años no ha sido fàcil, especialmente porque durante algún tiempo, y debido a distintas circunstancias, se permitió al párroco anterior seguir desarrollando una labor pastoral en la parroquia, con lo cual se aumentaba la confusión. Pero al mismo tiempo, sirvió para que a lo largo del tiempo se hubieran ido revelando ciertos aspectos oscuros y confusos para todos.
Creo que uno de los caminos que elegimos fue enfrentar las heridas con todo su dramatismo y dolor, sin tratar de imaginar o actuar como si nada hubiera pasado. La historia de dolor, y no me refiero sólo al problema personal del párroco anterior sino a todo el contexto político y social en el que se vivía, se trató de asumir y reconciliar con la ayuda de nuestra rica espiritualidad.
En la actualidad se han unido a la labor pastoral las Hermanas de la Preciosa Sangre (Dayton), quienes han asumido muy bien el desafío de nuestra espiritualidad, que logra sanar las heridas, reconciliar los corazones, perdonar las ofensas y, sobre todo, hace experimentar el incondicional amor del Señor.
Formación de una Comunidad
de Reconciliación
Rosario Pacillo, C.PP.S.
Me han pedido que narrara la experiencia de reconciliación vivida en la Parroquia de San Felipe Neri, en Putigliano. La importancia de la experiencia se debe al hecho de que desde 1988 esta comunidad parroquial se ha comprometido a dar una respuesta concreta a los jóvenes que han ingresado en el túnel oscuro de la droga. Junto con las diversas actividades parroquiales y en relación con los ministerios de la catequesis y la liturgia, se ha ido desarrollando también una actividad caritativa, dirigida por un nutrido grupo de voluntarios de la Asociación de Familias de San Felipe Neri, para ayudar a los drogadictos. De esta labor han nacido dos estructuras: una, destinada a la acogida y hospitalidad iniciales, en la que los drogadictos atraviesan la primera fase de la desintoxicación de las sustancias adictivas; la otra, la Casa de la Familia, donde residen los jóvenes que se encuentran en una fase avanzada de recuperación, dirigida en colaboración con una comunidad terapéutica del Proyecto "Hombre" de las cercanías de Bari. Por la primera fase del programa, dirigida alternativamente por partipantes regulares, voluntarios y objetores de conciencia, ya han pasado 1200 jóvenes, principalmente muchachos, que suelen tener también problemas con la justicia. Por la segunda fase, más reciente, han pasado alrededor setenta.
La Asociación dirige también actividades preventivas (para niños, jóvenes, padres, maestros, en la escuela o en la parroquia) y un programa de formación. Se ha acompañado a algunos jóvenes en la fase de la reintegración social.
Tras esta breve presentación que he juzgado necesaria para que el lector entendiera lo que diré a continuación, me referiré ahora a la experiencia de reconciliación vivida dentro de la comunidad parroquial en el marco de la actividad pastoral mencionada.
Reconciliación con la identidad misionera
Como Misionero de la Preciosa Sangre se me ha preguntado muchas veces: ¿cuál es su identidad misionera? Suelo responder: anunciar el misterio de Cristo. Pero, ¿cómo? Con la palabra. Ahora bien, ¿cómo se puede anunciar la palabra de la Sangre sin liberar su poder salvífico? ¿Puede ser alguna vez ineficaz? Sí, cuando no va acompañada del testimonio. Pero, entonces, ¿qué clase de testimonio hace presente la Sangre de nuestra Redención? Creo que este trabajo, más que personal comunitario, en favor de los drogadictos para redimirlos de la esclavitud de la droga, es un testimonio claro del misterio de la Sangre que rescata. He comprobado que esta labor, no buscada sino surgida espontáneamente de las necesidades pastorales, me ha servido también a mí para reconciliarme con mi identidad como misionero. Una reconciliación siempre perfectible, sobre todo cuando la actividad humana cede su lugar a la acción del Espíritu.
Reconciliación con la comunidad parroquial
Pero también la comunidad parroquial ha experimentado la reconciliación. La iglesia italiana ha sentido la necesidad de reconciliarse con los pobres de nuestro tiempo, mediante el desarrollo de un plan pastoral para los años noventa expuesto en el documento "Evangelización y testimonio de caridad". Se sintió la necesidad de colocar la caridad en el centro de la labor, o sea de reconciliarse con las situaciones más dramáticas de la región, con esa parte del entorno social que se ha desinteresado de la proclamación del evangelio porque, como terreno endurecido por la dificultad de los problemas y la experiencia de la marginación, no ha sido capaz de acoger la semilla de la Palabra. ¿Cómo podría la catequesis penetrar en las familias clausuradas en su sufrimiento si no va acompañada de su hermana, la caridad? Y, ¿cómo podrían celebrar las alabanzas del Señor en la liturgia si viven como esclavos de sus señores? La parroquia tomó conciencia de que el problema de la droga no era algo lejano sino presente en todos los rincones del vecindario y en gran parte de la vida social y espiritual de los feligreses. Los catequistas y sus colaboradores no se acobardaron ante el problema, sino que se pusieron al servicio de esta causa total y generosamente. Pero al mismo tiempo se vieron inmersos en las dificultades, conflictos, temores, y celos de una comunidad que se creía perfecta y prefería no mirar para no ver, y defenderse más que luchar.
Por cierto que para algunos la experiencia fue traumática. La utilización de las salas de catequesis y de otras partes de la casa parroquial para los drogadictos creó al principio escándalo, consternación y alarma. Pero para muchos ha sido un signo de testimonio profético y esperanza. La acogida de drogadictos en el recinto parroquial mostraba una comunidad cristiana capaz de ofrecer espacio no sólo para la liturgia y la catequesis, sino también para la caridad. Se despertó una suerte de competencia caritativa que atrajo a la iglesia voluntarios que hasta ese momento no habían practicado mucho su fe, y ahora se turnaban para ayudar a los jóvenes, de día y de noche, prepararles la comida y acompañarlos a las reuniones que se tenían en diversas comunidades.
Pero el camino era largo. Una organización de voluntarios corre el riesgo de separarse de los recursos tanto vitales como espirituales de la Iglesia, y de no lograr comunicar sus propias energías. Algunos de los grupos parroquiales compartían sus experiencias con los residentes en el programa de preparación para la admisión, como está previsto en las reuniones preparatorias del Jubileo. Otros grupos los acogieron y visitaron, les comunicaron sus experiencias y escucharon las de ellos, y se hicieron profundamente conscientes de la difícil situación que estaban atravesando. Pero se pudo hacer mucho porque la enseñanza religiosa se valió de la rica experiencia de la comunidad terapéutica y de sus métodos. Los jóvenes del programa preparatorio para la admisión animaban las Vísperas dominicales con sus cantos y oraciones. En las distintas misas traían sus ofrendas para atender las necesidades de los dos centros. Lo que hacían no era puro espectáculo sino que respondía a una profunda motivación por la comunión de corazones.
La comunidad parroquial experimentó otro aspecto de la reconciliación: la reconciliación con el carácter misionero de la parroquia, fomentado por el trabajo con los drogadictos, que ha hecho de la parroquia un faro para los jóvenes y las familias que se encuentran en necesidad. Por todas partes se habla de la caridad que se vive en la parroquia. Otras la están emulando, y llaman a los voluntarios a dar testimonio de lo que ha sucedido.
Reconciliación de los drogadictos con Dios y la Iglesia
El estímulo para la reconciliación con la Iglesia surgió para los drogadictos a raíz de la poderosa experiencia de recuperación. Son iconos vivientes del Misterio Pascual, de la muerte y la resurrección, de la derrota y la victoria, de la caída y la recuperación. Los drogadictos experimentan una ruptura interior y, por consiguiente, con respecto a Cristo y su Iglesia, de los cuales se sienten extraños espiritual y materialmente. Saben que la droga ha ocupado en ellos el lugar de Dios, y que ejerce en ellos un poder absoluto y despótico, vaciándolos de todo valor y afecto. Les ha destruido también las relaciones con sus seres queridos. Han quedado completamente solos. Para ellos, Dios no está de su parte, sino que se ha convertido en un enemigo. No pueden escapar al juicio de Dios por los crímenes que han cometido: hurtos, robos, violencia, prostitución. El simple hecho de entrar en una iglesia les exige hacerse violencia. Se sienten indignos, sin posibilidad de perdón. La reconciliación es posible, pero no sin un proceso de liberación, un cambio interior, un alejamiento de las antiguas servidumbres exteriores e interiores.
Pero esta labor extraordinaria se logra mediante la Sangre de Cristo. Se trasmite mediante las oraciones de toda la Iglesia y el amor libre, generoso y humilde de los voluntarios. De ahí que lo que parece imposible a los seres humanos se vuelve posible a los que ponen su confianza y esperanza en la Sangre de Cristo. La experiencia de una redención tan poderosa y vital se convierte en el paradigma de cualquier otra conversión. Los cristianos que desesperan de poder superar sus vicios, pueden ver con sus propios ojos que el vicio de la droga puede ser vencido.
Reconciliación dentro de las familias
Un trabajo absorbente y, a la vez, doloroso el que se realiza con las familias de los residentes. Vivimos en una sociedad en la que la familia está en situaciones conflictivas y necesita ayuda. Además de los conflictos generacionales y sobre otros valores, están los conflictos específicos que se plantean al interior de las familias de los drogadictos. Conflictos anteriores a la drogadicción (violencia dentro de las familias, maltrato de los hijos, separación, divorcio, infidelidad), conflictos concomitantes (insubordinación, engaño, mentiras), conflictos que la siguen como consecuencia (bancarrota, endeudamiento, pérdida de reputación, deserción, promesas hechas a los hijos, etc.). Las continuas reuniones con los miembros de las familias constituyen un acto de paciencia y de esperanza en la reconciliación, así como las reuniones con la familia de origen que necesita dar el paso desde el reconocimiento de sus propios errores a la resolución de afrontarlos con un espíritu nuevo y creativo. No todos están dispuestos a correr el riesgo de la sanación, pero hay quienes se deciden y experimentan verdaderos milagros de reconciliación.
De la labor con las familias de los drogadictos nació el impulso a trabajar con otras familias de la parroquia para prevenir conflictos en el futuro. Esto dio lugar a reuniones y cursos para padres en los que se puede tratar una variedad de problemas familiares.
Reconciliación con la sociedad civil
Por último, el trabajo con los drogadictos ha creado también un clima de paz dentro de la sociedad civil, que se ha manifestado en la reintegración de los sujetos recuperados (lo que diez atrás hubiera provocado una situación alarmante) y en el acercamiento entre la sociedad civil y la iglesia.
El drogadicto se crea siempre una marginación y un aislamiento mayores de los que ya experimentaba anteriormente. Queda para siempre marcado por su comportamiento anterior que todos conocen: hurtos, robos, estafas, violencia, y mentiras. Todo eso teníamos que tenerlo en cuenta cuando nos esforzábamos durante años por encontrar la forma de reintegrarlos en nuestras actividades. Con su hospitalidad, la comunidad parroquial demostró que era posible que los drogadictos convivieran con otros, incluso con niños. Poniéndolos en el centro de la actividad parroquial, fue posible construir una relación con ellos y, al término de su camino de recuperación, reintegrarlos en la sociedad. La Asociación de San Felipe Neri, con sus voluntarios, ha contribuido tanto directa como indirectamente a reintegrar una buena cantidad de jóvenes en la sociedad y, después, en el mundo laboral. Ocupándose de su recuperación, la parroquia ha desempeñado una función primordial en la creación de un clima de paz tanto en la comunidad eclesial como en la civil. Al disminuir el número de los drogadictos, y la pequeña criminalidad concomitante, ha aumentado la confianza en la iglesia de parte de los habitantes de Putignano, y han ido desapareciendo las frecuentes acusaciones que se levantaban contra ella sobre su distancia respecto a los problemas sociales.
En conclusión,
quisiera destacar la indudable validez de este trabajo y recomendarlo a otras
comunidades, especialmente las que dirigen los Misioneros de San Gaspar, sea
que tengan que hacer frente al problema de la droga (como sucede en muchas partes)
o a otros problemas. Considero que es un testimonio de caridad, "camino
nuevo y vivificante", mediante el cual la Sangre de Cristo llega a los
que están encadenados por el mal y, rescatándolos, los devuelve
a una genuina reconciliación con Dios.